alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Se han dado casos, monseñor.
––Decís bien. ¿Y la del señor de Lyonne?
––También figura en esa orden; pero así como pueden falsificar la firma del rey, con
tanta mayor razón pueden hacerlo con la del señor de Lyonne.
––Andáis a paso de gigante por el campo de la lógica, señor Baisemeaux, ––dijo Aramis, ––y vuestra argumentación no tiene réplica. Pero ¿en qué os fundáis para suponer
que esas firmas sean falsas?
––En que la firma de Su Majestad no está refrendada. Además, el señor de Lyonne no
está presente para decirme que ha firmado.
––Pues bien, señor de Baisemeaux, ––repuso Aramis fijando en el gobernador su mirada de águila, ––adopto sin vacilar vuestras dudas y vuestra manera de aclararlas y voy a
tomar una pluma si me la dais.
Baisemeaux le dio una pluma.
Y una hoja en blanco, ––añadió Aramis.
––Baisemeaux le dio el papel.
––Y yo también, presente, incontestable, voy a escribir una orden a la cual estoy seguro
de que daréis fe, por mucha que sea vuestra incredulidad.
Ante la glacial seguridad de Aramis, el gobernador palideció. Creyó que la voz de aquél
tan afable y alegre poco antes, había tomado un sonido fúnebre y siniestro.
Aramis tomó la pluma y escribió, mientras el gobernador, petrificado leía por encima
de su hombro:
“A. M. D. G.” escribió el obispo, trazando una cruz debajo de aquellas cuatro letras,
que significaban “ad majorem Dei gliriam”. Luego continuó:
“Es nuestra voluntad que la orden entregada al señor de Baisemeaux de Montiexun, gobernador de la Bastilla por el rey, sea tenida por buena y valedera, y puesta en ejecución
inmediatamente.
Herblay,
general de la Compañía por gracia de Dios.
Tal fue la emoción que sintió el gobernador, que se le contrajeron las facciones, abrió la
boca y quedó con la mirada fija, inmóvil y mudo.
Aramis, sin dignarse siquiera mirar al gobernador, sacó de su faltriquera un pequeño estuche que encerraba un trozo de cera negra; cerró su carta, imprimió en la cera un sello
que suspendido al cuello y debajo de su jubón llevaba, y terminada su operación le entregó silenciosamente la orden.
Templándole las manos que daba compasión, miró Baisemeaux con ojos apagados y sin
inteligencia el sello, y después cayó en su silla como herido por el rayo.
––Vaya, ––dijo Aramis tras un dilatado silencio, ––no me hagáis creer que la presencia
del general de la compañía es terrible como la de Dios, y que uno muere a consecuencia
de haberle visto. ¡Animo! levantaos, dadme vuestra mano, y obedeced.
Baisemeaux, tranquilizado, si no satisfecho, obedeció, besó la mano a Aramis y se levantó diciendo con tartamuda lengua:
––¿Inmediatamente?
––No exageremos, ––repuso Aramis; ––sentaos otra vez en vuestro sitio, y rindamos
acatamiento a esos ricos postres.