alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––De que ponga en libertad a Marchiali. ––repitió el gobernador esforzándose en recobrar la lucidez de su mente.
––Y vais a soltar al preso. Si de paso os da el corazón por abrir las puertas de la Bastilla
a Seldón, no me opongo.
Aramis coronó sus últimas palabras con una sonrisa tan preñada de ironía, que Baisemeaux acabó de serenar y cobró alientos.
––Monseñor, ––dijo Baisemeaux, ––Marchiali es el preso a quien el otro día vino a visitar por manera tan imperiosa y tan en secreto un padre cura, confesor de “nuestra orden”.
––No sé nada de eso, ––replicó Aramis.
––Sin embargo, no hace tanto tiempo...
––Es verdad; pero entre nosotros importa que el hombre de hoy olvide lo que hizo el
hombre de ayer.
––Como quiera que sea, ––repuso Baisemeaux, ––la visita del confesor jesuita habrá
sido grandemente provechosa para ese joven.
Aramis no replicó y se puso a comer y a beber.
Baisemeaux, lejos de imitar a Herblay, tomó nuevamente la orden y, después de releerla, la examinó por el anverso y por el reverso con la mayor atención.
Aquel examen, en circunstancias normales habría hecho subir los colores al rostro del
poco paciente Aramis; pero el obispo de Vannes no se atufaba por tan poco, sobre todo
cuando sabía que el atufarse era peligroso.
––¿Vais a libertar a Marchiali? ––dijo Herblay. ––¡Zape! ¡Qué rico jeréz, mi querido
gobernador!
––Lo pondré en libertad después que haya visto yo al correo que ha traído la orden, y
del interrogatorio a que voy a sujetarlo resulte claro para mí...
––Pero, si las órdenes están selladas, y por consiguiente nada sabe de ellas el correo. ¿Y
qué queréis ver claro por ese camino?
––Bueno, enviaré un parte al ministerio, y el señor Lyonne confirmará o rectificará la
orden.
––¿Y qué provecho vais a sacar? ––repuso Aramis con la mayor frescura.
––Así uno nunca se engaña, ni falta al respeto que un subalterno debe a sus superiores,
ni infringe los deberes del cargo que desempeña por voluntad propia.
––Vuestra elocuencia me admira. Es verdad, un subalterno debe respetar a sus superiores, y es culpado cuando se engaña, y es castigado cuando infringe los deberes o las leyes
del cargo que desempeña.
Baisemeaux fijó una mirada de extrañeza en el obispo.
––De lo cual se sigue, ––continuó Aramis, ––que para descargo de vuestra conciencia
acudís a la consulta.
––Sí, monseñor.
––Y si un superior os impone una orden, ¿la cumpliréis?
––Claro que sí, monseñor.
––¿Conocéis bien la firma del rey, señor de Baisemeaux?
––Sí. monseñor.
––¿No está estampada al pie de esa orden de libertad?
––Es verdad, pero puede...
––Ser falsa, ¿no es verdad?
