alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––¿Acaso salís perjudicado con esa excarcelación? ¿El preso que os quitan es de los de
cuantía?
––¡Psí! es un pobre diablo, un hambriento de los de a cinco libras.
––¿Me permitís si no hay indiscreción? ––dijo Herblay. ––Tomad, leed.
––La hoja ostenta en el margen la palabra “urgente”. ¿Lo habéis notado?
––¡Urgente!... ¡un hombre que está aquí hace diez años! ¿Y ahora les viene la prisa de
soltarle, hoy, esta noche misma, a las ocho?
Baisemeaux encogió los hombros con ademán de soberano desdén, tiró la orden encima
de la mesa y la emprendió de nuevo con los manjares.
––Tienen unos arranques, que ¡vaya! ––repuso Baisemeaux con la boca llena; ––a lo
mejor prenden a un hombre, lo alimentan por espacio de diez años, recomendando que
sobre todo se ejerza sobre él la más escrupulosa vigilancia; y cuando uno se ha acostumbrado a mirar al detenido como a un hombre peligroso, ¡pam! sin saber por qué ni por
qué no, le escriben a uno que lo suelte, y aprisa, sin perder segundo. ¿Y aún diréis que no
hay para qué encoger los hombros?
––Bien, sí; pero por más que uno chille, no cabe otro remedio que cumplir la orden.
––Poquito a poco, poquito a poco, ¿Os figuráis que soy un esclavo?
––¿Quién os dice tal? Todos conocemos vuestra independencia.
––A Dios gracias...
––Pero también todos conocemos vuestro compasivo corazón.
––Decídmelo a mí.
––Y vuestra obediencia a vuestros superiores. Cuando uno ha sido soldado, lo recuerda
mientras vive, ¿no es verdad, Baisemeaux?
––Por eso obedeceré estrictamente, y mañana en cuanto asome el día, el preso será
puesto en libertad.
––¿Mañana?
––Al amanecer.
––¿Y por qué no esta noche, supuesto que la orden es urgente?
––Porque esta noche cenamos y también nos apremia a nosotros el tiempo.
––Mi querido Baisemeaux, por más que calce botas, soy sacerdote, y la caridad es para
mí un deber más imperioso que el hambre y la se. Ese desventurado ha padecido ––
bastante tiempo, pues según vos mismo me habéis dicho, hace diez años que está encerrado en la Bastilla. Abreviadle su suplicio proporcionadle sin más tardar la––alegría que
le espera, y Dios os recompensará.
––¿Os empeñáis?
––Os lo ruego.
––¿Así, en lo mejor de la cena?
––Sí, y vuestra acción será la bendición de vuestra mesa.
––Cúmplase vuestra voluntad; pero os advierto que comeremos frío.
––No importa.
––Baisemeaux se echó atrás para tirar del cordón de la campanilla y llamar a Francisco
y por un movimiento natural, se volvió hacia la puerta.
Como la orden estaba sobre la mesa, Aramis aprovechó aquel instante para trocarla con
otro papel doblado de la misma manera y que sacó de su bolsillo.
––Francisco, dijo el gobernador, ––que suba aquí el mayor con los llaveros de la Bertaudiére.