alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Con mis amigos nunca cuento las batallas ni los años.
––Y obráis cuerdamente; pero yo hago algo más que querer al señor de La Fere, le venero.
––Pues a mí me place más el señor de D'Artagnan. ¡Qué buen bebedor! A lo menos uno
puede leer en el pensamiento de hombres como el capitán.
––Baisemeaux, emborrachadme esta anoche, echemos una cana al aire como en otros
días, y si tengo alguna pesadumbre en el corazón, os juro que la veréis como veríais un
diamante dentro de vuestro vaso.
––Bravo, ––dijo Baisemeaux escanciándose un buen porqué de vino y trasegándolo en
su estómago mientras se estremecía de gozo al ver que iba a ser partícipe de algún pecado
capital del obispo.
Mientras el gobernador bebía. Aramis escuchaba con la mayor atención el ruido que
subía del patio.
Como a las ocho y al llegar a la quinta botella, entró un correo con grande estrépito, pese a lo cual nada oyó el gobernador.
––¡Cargue el diablo con él! ––exclamó Aramis.
––¿Qué pasa? ––preguntó Baisemeaux. ––supongo que no os referís al vino que bebéis
ni a quien os lo da a beber.
––No, es un caballo que por sí solo mete tanto ruido en el patio como pudiera hacerlo
un escuadrón entero.
––Será algún correo, ––dijo Baisemeaux bebiendo a más y mejor. ––Tenéis razón, cargue con él el diablo, y pronto, para que no volvamos a oír hablar de él.
––Os olvidáis de mí, Baisemeaux; mi vaso está vacío, ––dijo Aramis mostrando el suyo.
––Palabra que me dais el mayor placer... ¡Francisco!... ¡vino!
––Está bien, señor, ––dijo Francisco;... ––pero... ha llegado un correo...
––Que se lo lleve el diablo.
––Sin embargo, señor...
––Que lo deje en la escribanía; mañana veremos. ––Y canturreando añadió: ––Mañana
será de día.
––Señor, ––tartamudeó el soldado Francisco bien a su pesar.
––Cuidado con lo que hacéis, Baisemeaux, ––repuso Aramis.
––¿Y de qué he de tener yo cuidado? ––exclamó el gobernador, algo más que alegre.
––A veces las cartas que llegan por correo a los gobernadores de ciudadela, son órdenes.
––Casi siempre.
––¿No proceden de los ministros las órdenes?
––Sí; pero...
––¿Y no se limitan los ministros a refrendar la firma del rey? ––Puede que tengáis
razón. Con todo eso no deja de ser enojo, so, cuando uno está sentado al una mesa bien
servida y en compañía de un amigo... Perdonad, caballero, se me había olvidado que soy
yo quien os he convidado al mi mesa y que hablo con un presunto cardenal.
––Dejemos de lado con todo eso y volvamos a Francisco.
––¿Qué ha hecho Francisco?
––Ha murmurado.
––Malo, malo, malo...
