alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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Baisemeaux, sentado a la mesa, se restregaba las manos y miraba al obispo de Vannes,
el cual, vestido a lo caballero, con altas botas y la espada al cinto, no cesaba de hablar de
su hambre y demostraba la más viva impaciencia.
El gobernador no estaba acostumbrado a las familiaridades de su grandeza monseñor de
Vannes, y aquella noche, Aramis, que se había puesto un tanto alegre, hacía confidencia
tras confidencia. El prelado se convirtió casi en mosquetero, y tocó los límites de la desenvoltura. Respecto de Baisemeaux, se entregó en cuerpo y alma y con la facilidad de las
gentes vulgares, a la momentánea llaneza de su comensal.
––Caballero ––exclamó el gobernador, ––y perdonad que así os llame, pues en verdad
esta noche no me atrevo a llamaros monseñor.
––No, llamadme caballero, ––repuso Aramis; ––traigo botas. ––Pues bien, caballero,
¿sabéis a quién me recordáis esta noche:
––No, ––respondió Aramis escanciándose vino, ––pero supongo que a un buen comensal vuestro.
A dos me recordáis... dos personas, una de ellas muy ilustre, el difunto cardenal, el gran
cardenal, el de Rochela, el que llevaba botas cual vos. No es verdad?
––Lo es, ––respondió Herblay. ––¿Y la otra?
––La otra es cierto mosquetero muy garrido, muy valiente, tan atrevido cuanto afortunado, que ahorcó los hábitos para hacerse mosquetero, y luego dejó la espada para hacerse cura. ––Y al ver que Aramis se dignaba sonreírse, se alentó a añadir: Y de cura se hizo
obispo, y de obispo...
––¡Alto ahí! ––dijo Herblay.
––Os digo que me parecéis un cardenal.
––Basta, basta, señor de Baisemeaux. Vos mismo habéis dicho que calzo botas de caballero; pero ni aun esta noche, y pese a mis botas, quiero enemistarme con la Iglesia.
––Sin embargo, alentáis malas intenciones. –
––Malas como todo lo mundano.
––¿Recorréis calles y callejuelas enmascarado?
––Sí.
––¿Y continuáis esgrimiendo la espada?
––Sólo cuando me obligan a ello. Hacedme la merced de llamar a Francisco.
––Ahí tenéis vino.
––No es para eso, sino porque aquí hace calor y la ventana está cerrada.
––Cuando ceno mando cerrarlas todas para no oír el paso de las rondas o la llegada de
los correos.
––¿Conque se les oye cuando la ventana está abierta?
––Clarísimamente, y eso me molesta.
––Pero uno se ahoga aquí... ¡Francisco!
––¿Señor?
––Hacedme el favor de abrir la ventana, ––dijo Aramis. ––Con vuestro permiso, señor
de Baisemeaux.
––Monseñor está aquí en su casa, ––respondió el gobernador. ––Decidme, os encontraréis solo ahora que el señor conde de La Fere se ha vuelto a sus penates de Blois. Es
amigo muy antiguo, ¿no es verdad?
––Lo habéis tan bien como yo, pues fuisteis mosquetero con nosotros, ––respondió
Aramis.