alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

Vista previa de texto
Las carcajadas de los epicúreos redoblaron y llegaron hasta los oídos de Fouquet, en el
instante en que Aramis abría la puerta de su gabinete.
Moliere, se había encargado de ordenar que engancharan, mientras Herblay iba a ver al
superintendente para ponerse de acuerdo con él.
––¡Cómo ríen arriba! ––dijo Fouquet exhalando un suspiro.
––¿Y vos no os reís, monseñor?
––Ya se acabó para mí el reír, señor de Herblay.
––La fiesta se acerca.
––Y el dinero se aleja.
––¿No os he dicho y repetido que eso corría de mi cuenta?
––Me habéis ofrecido millones.
––Estarán en vuestro poder al día siguiente de la entrada del rey en Vaux.
Fouquet dirigió una escrutadora mirada a Aramis, y se pasó una helada mano por su
humedecida frente. Aramis comprendió que el superintendente dudaba de él, o conocía la
imposibilidad en que se hallaba de hacerse con dinero; porque, ¿cómo podía Fouquet suponer que un pobre obispo, antiguo cura, antiguo mosquetero, lo hallase?
––¿Por qué dudáis? ––preguntó Aramis. Y al ver que el superintendente se limitaba a
sonreírse y a mover la cabeza, añadió: ––¡Hombre de poca fe!
––Mi querido señor de Herblay, ––repuso Fouquet, ––si caigo...
––¿Qué?
––A lo menos caeré de tan inmensa altura, que en mi caída me desmenuzaré. ––Y moviendo la cabeza como para sustraerse a sí mismo, preguntó: ––¿De dónde venís, mi buen
amigo?
––De París. ––¡Ah!
––De casa de Percerín.
––¿A qué habéis ido a casa de Percerín? Porque supongo que no dais una importancia
tan grande como eso a los trajes de nuestros poetas.
––Me ha llevado a casa de Percerín el deseo de proporcionar una sorpreesa.
––¡Una sorpresa! ¿Qué es ello?
––Una sorpresa que vais a dar al rey.
––¿Costará cara?
––¡Bah! cien doblones para Le Brun.
––¿Una pintura? Me alegro. Pero ¿qué debe representar la pintura esa?
––Ya os lo diré luego. De paso, y por más que digáis, he inspeccionado los trajes de
nuestros poetas.
––¿Son elegantes, ricos?
––Magníficos; pocos grandes señores los ostentarán parecidos. Así se verá la diferencia
que va de los cortesanos de la riqueza a los de la amistad.
––¡Agudo y generoso como siempre, mi querido prelado!
––Pertenezco a vuestra escuela.
––¿Y adónde vais ahora? ––preguntó Fouquet estrechando la mano de Herblay.
––A parís en cuanto me dais una carta.
––¿Para quién?
––Para Lyonne.
––¿Qué deseáis de Lyonne?
––Un auto.
