alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Parece que sedujo a mi mujer.
––¡Ah! ––repuso Moliére palideciendo ligeramente.
Pero como al oír lo que acababa de decir La Fontaine, los demás habían vuelto el rostro. Moliére conservó en sus labios su burlona sonrisa, y continuó haciendo hablar al fabulista, a quien preguntó:
––¿Qué resultó del duelo?
––Resultó que mi adversario me desarmó, y luego y después de darme toda clase de satisfacciones, me prometió no volver a poner nunca más los pies en mi casa.
––¿Y vos os disteis por satisfecho? ––preguntó Moliére.
Al contrario. Recogí mi espada, y le dije a mi adversario que no me había batido con él
porque fuese el amante de mi mujer, sino porque me habían dicho que debía batirme: y
que como nunca había sido yo tan dichoso como en aquel tiempo, me hiciese la merced
de continuar frecuentando mi casa, como antes, so pena de reanudar el duelo. De modo
que el teniente se vio obligado a seguir galanteando a mi mujer, y yo continué siendo el
marido más feliz de la tierra.
Al oír las palabras de La Fontaine, todos se rieron.
En este apareció el obispo de Vannes, con un rollo de planos y pergaminos debajo del
brazo.
Como si el ángel de la muerte hubiese helado aquellas vivas y placenteras imaginaciones, todo quedó repentinamente envuelto en el más profundo silencio, y cada cual recobró su impasibilidad y su pluma.
Aramis distribuyó esquelas de convite entre los presentes, y les dio las gracias en nombre del señor Fouquet. Díjoles que retenido el superintendente en su gabinete por el trabajo, solicitaba de aquellos que le enviasen algo de su labor del día para hacerle olvidar a él
la fatiga de su trabajo nocturno.
Estas palabras hicieron bajar la frente a todos. Hasta La Fontaine se sentó a una mesa y
empezó a escribir velozmente. Pelissón puso en limpio su prólogo; Moliere entregó cincuenta versos calentitos, Loret, su artículo sobre las maravillosas fiestas de que el se
hiciera profeta, y Aramis encargado de recoger el botín como el rey de las abejas, se volvió a sus habitaciones, silencioso y atareado, después de haber dicho a los circunstantes
que se preparasen para ponerse en camino el día siguiente por la tarde.
––En este caso tengo que avisar a los de mi casa. ––dijo Moliere.
––¡Ah! es verdad, ––repuso Loret sonriéndose, ––el pobre Moliere “ama” a su mujer.
––”Amo”, sí, ––replicó Moliere sonriéndose de manera suave y triste, ––amo”, pero esto no quiere decir que “me amen”.
––Pues yo estoy seguro de que me aman en Chateau––Thierry, ––dijo La Fontaine.
En esto volvió a entrar Aramis, y preguntó:
––¿Quién se viene conmigo? Voy a decir dos palabras al señor Fouquet, y dentro de un
cuarto de hora salgo para París. Ofrezco mi carroza.
––Como tengo prisa, acepto, ––dijo Moliere.
––Yo como aquí ––repuso Lores. ––Gourville me ha ofrecido langostines... ¿Habéis oído? ¡Langostines!... Vaya, La Fontaine, busca una consonante.
Aramis salió en compañía de Moliere como él sabía hacerlo, y al llegar al pie de la escalera oyó que La Fontaine entreabría la puerta y decía a voces:
¿Te ha ofrecido langostines?
El se sabrá con qué fines.