alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Unicamente a mí, ––respondió Aramis inclinándose y asiendo la mano que le tendió
el preso.
––Caballero, ––dijo el cautivo afectuosamente. ––Si habéis venido para devolverme el
sitio que dios me había destinado al sol de la fortuna y de la gloria: si, por vuestra mediación, me es dado vivir en la memoria de los hombres, y honrar mi estirpe con actos gloriosos o por el bien que haya hecho a mis pueblos, si, desde la tristísima situación en que
languidezco, subo a la cumbre de los honores, sostenido por vuestra generosa mano,
compartiré mi poder y mi gloria con vos, a quien bendigo, a quien doy de todo corazón
las gracias. Y aun quedaréis poco pagado; siempre será incompleta vuestra parte, porque
nunca conseguiré compartir con vos toda la dicha que me habéis proporcionado.
––Monseñor, ––dijo Aramis, conmovido ante la palidez y el arranque del preso, ––la
nobleza de vuestra alma me colma de gozo y de admiración. No os toca a vos darme las
gracias, sino a los pueblos de los cuales labraréis la dicha, a vuestros descendientes, a
quienes haréis ilustres. Es verdad, monseñor, me deberéis más que la vida, pues os habré
dado la inmortalidad.
El cautivo tendió la mano al Aramis, y al ver que éste se la besaba de rodillas, lanzó
una exclamación de seductiva modestia.
––Es el primer homenaje prestado a nuestro futuro rey, ––dijo el prelado. ––Cuando
vuelva a veros, os diré: “Buenos días, Sire”.
––Hasta aquel momento no más ilusiones, no más luchas, porque mi vida se quebrantaría, ––exclamó el joven llevándose al pecho sus blancos y flacos dedos. ––¡Oh! ¡qué
pequeño es este calabozo, qué baja esa ventana, qué estrechas esas puertas! ¿Cómo puede
haber pasado por ellas, cómo puede haber cabido aquí tanto orgullo, tanta felicidad, tanto
esplendor?
––Vuestra Alteza me colma de satisfacción al suponer que yo he traído cuanto acaba de
manifestar.
Dichas estas palabras, Aramis se acercó a la puerta y llamó a ella con los nudillos.
Casi inmediatamente después el carcelero abrió, acompañado del gobernador, quien,
devorado por la inquietud y el temor, empezaba a escuchar a la puerta del calabozo.
Por fortuna ninguno de los dos interlocutores se había olvidado de bajar la voz, aun en
los más impetuosos arranques de la pasión.
––¡Qué confesión tan larga! ––dijo Baisemeaux haciendo un esfuerzo para reírse. ––
¿Quién dijera que un recluso, un hombre poco menos que difunto, pudiese haber cometido tantos y tan largos pecados?
Aramis guardó silencio. No veía el instante de salir de la Bastilla, de la que aumentaba
en tercio y quinto el peso de las murallas el secreto que lo abrumaba.
––Hablemos de negocios, mi querido gobernador, ––dijo Aramis así que hubo llegado
al aposento de Baisemeaux.
––¡Ay! ––exclamó por toda respuesta el gobernador.
––¿No tenéis que pedirme mi recibo por ciento cincuenta mil libras? ––dijo el prelado.
––Y pagar el primer tercio de ellas. ––añadió el pobre gobernador exhalando un suspiro
y adelantando tres pasos hacia su armario de hierro.
––Aquí está el recibo, ––dijo Aramis.
––Y aquí está el dinero, ––repuso Baisemeaux lanzando una sarta de suspiros.
––La orden sólo me ha dicho que os entregara un recibo de cincuenta mil libras, ––dijo
Herblay, ––no que yo cobrase dinero. Adiós, señor gobernador.
