alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Sí, monseñor, pero por su culpa, y para rescatar, no su vida, porque la vida del hermano del rey es sagrada, inviolable, sino para rescatar su libertad, vuestro tío sacrificó
hoy, el baldón de la historia y la execración de innumerables familias nobles del reino.
––Comprendo, ––repuso el príncipe. ––y mi tío ¿mató a sus amigos por debilidad o por
traición?
––Por debilidad; lo cual equivale siempre a la traición en los príncipes.
––¿No puede uno sucumbir por incapacidad, por ignorancia? ¿Estimáis vos que un pobre cautivo como yo, no solamente educado lejos de la corte, mas también de la sociedad,
pueda ayudar a los amigos que intentaren salvarlo?
Y en el instante en que Aramis iba a responder, el joven exclamó de improviso y con
ímpetu, que reveló el ardor de su sangre: ––Sí, hablamos de amigos; pero ¿a título de qué
tendría yo amigos, cuando no hay quien me conozca, y, para agenciármelos, no tengo libertad, dinero, ni poder?
––Ya he tenido la honra de ofrecerme a Vuestra Alteza Real, ––dijo Aramis.
––No me deis ese calificativo; es una irrisión o una crueldad. ¿Para hablarme de grandeza, de poder y aun de realeza debíais escoger una prisión? Queréis hacerme creer en el
esplendor, y nos ocultamos en las tinieblas. Me ensalzáis en la gloria, y ahogamos nuestras palabras bajo las colgaduras de esta cama. Me hacéis vislumbrar la omnipotencia, y
oigo en el corredor los pasos del carcelero, pasos que os hacen temblar a vos más que no
a mí. Para que sea yo menos incrédulo, arrancadme de la Bastilla; dad aire a mis pulmones, espuelas a mis talones, una espada a mi brazo, y empezaremos a entendernos.
––Ya es mi intención daros todo eso, y más, monseñor; pero ¿lo queréis vos?
––No he acabado todavía. ––repuso el joven. ––Sé que hay guardias en todas las galerías, cerrojos en todas las puertas, cañones y soldados en todos los rastrillos. ¿Cómo venceréis vos a los guardias? ¿cómo clavaréis los cañones? ¿Con qué romperéis los cerrojos
y los rastrillos?
––¿Cómo ha llegado a vuestras manos el billete en el cual os he anunciado mi venida,
monseñor?
––Para un billete basta sobornar a un carcelero.
––Pues quien dice un carcelero, dice diez. Admito que sea posible arrancar de la Bastilla a un pobre preso, que lo escondan en sitio donde los agentes del rey no puedan tomarlo, y que nutran convenientemente al desventurado en un asilo incógnito.
––¡Ah! monseñor, ––repuso Aramis sonriéndose.
––Admito que el que hiciese tal por mí, fuese ya más que un hombre; más siendo yo,
como decís, príncipe, hermano de rey, ¿cómo vais a devolverme la categoría y la fuerza
que mi madre y mi hermano me han ocultado? Si debo pasar una vida de rencores y de
luchas, ¿cómo haréis que yo venza en los combates y sea invulnerable a mis enemigos?
¡Ah! antes bien sepultadme en negra caverna y en lo más intrincado de una montaña:
proporcionadme la alegría de oír en libertad los rumores del río y del llano, de ver en libertad el sol, el firmamento, las tempestades; esto me basta. No me prometáis más, porque no podéis darme más y el engañarme sería un crimen, tanto más cuanto os llamáis mi
amigo.
––Monseñor, ––repuso Aramis después de haber escuchado respetuosamente, ––admiro
el firme y recto criterio que dicta vuestras palabras, y me huelgo mucho de haber adivinado en vos a mi rey. Se me había olvidado deciros, monseñor, que si os dignara dejaros
guiar por mí, sí consintierais en ser el príncipe más poderoso de la tierra, serviríais los
