alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


Vista previa del archivo PDF alejandro-dumas-el-hombre-de-la-mascara-de-hierro-1.pdf


Página 1...29 30 313233242

Vista previa de texto


do, reducido a la obscuridad más absoluta, ha desaparecido de tal suerte que, excepto su
madre, no hay en Francia quien sepa que tal hijo existe.
––¡Sí, su madre que lo ha abandonado! ––exclamó el cautivo con acento de desesperación.
––Excepto la dama del vestido negro y las cintas encarnadas, ––prosiguió Herblay, ––y
excepto, por fin...
––Excepto vos, ¿no es verdad? Vos, que venís a contarme esa historia y a despertar en
mi alma la curiosidad, el odio, la ambición, y ¿quién sabe? quizá la sed de venganza; excepto vos, que si sois el hombre a quien espero, el hombre de que me habla el billete, en
una palabra, el hombre que Dios debe enviarme, traéis...
––¿Qué? ––preguntó Aramis.
––El retrato del rey Luis XIV, que en este momento se sienta en el trono de Francia.
––Aquí está el retrato, ––replicó el obispo entregando al preso un artístico esmalte en el
cual se veía la imagen de Luis XIV, altivo, gallardo, viviente, por decirlo así.
El preso tomó con avidez el retrato y fijó en él los ojos cual si hubiese querido devorarlo.
––Y aquí tenéis un espejo, monseñor, ––dijo Herblay, dejando al joven el tiempo necesario para anudar sus ideas.
––¡Tan encumbrado! ¡tan encumbrado! –– murmuró el preso devorando con la mirada
el retrato de Luis XIV y su propia imagen reflejada en el espejo.
––¿Qué opináis? ––preguntó entonces Aramis.
––Que estoy perdido, ––respondió el joven, ––que el rey nunca me perdonará.
––Pues yo me pregunto, ––replicó el obispo fijando en el preso una mirada brillante y
significativa, ––cuál de los dos es el rey, si el que representa el retrato, o el que refleja ese
espejo.
––El rey es el que se sienta en el trono, que no estás preso, y que, al contrario manda
aprisionar a los demás. La realeza es el poder, y ya veis que yo no tengo poder alguno.
––Monseñor, ––dijo Herblay con respeto más profundo que hasta entonces, ––tened por
entendido que, si queréis, será el rey el que, al salir de la prisión sepa sostenerse en el
trono en el que le colocarán sus amigos.
––No me tentéis, ––dijo con amargura el cautivo.
––No flaqueéis, monseñor, ––persistió con energía el obispo. ––He traído todas las
pruebas de vuestra cuna, consultadlas, demostraos a vos mismo que sois hijo del rey, y,
después, obremos.
––No, es imposible.
––A no ser que, ––añadió con ironía el prelado, ––sea corriente en vuestra estirpe que
los príncipes excluidos del trono sean todos ellos cobardes y sin honor, como vuestro tío
Gastón de Orleans. que una y otra vez conspiró contra su hermano el rey Luis XIII.
––¿Mi tío Gastón de Orleans conspiró contra su hermano? ––exclamó el príncipe despavorido; ––¿conspiró para destronarlo?
––Sí, monseñor.
––¿Qué me decís?
––La pura verdad.
––¿Y tuvo amigos... fieles?
––Como yo lo soy vuestro.
––¿Y sucumbió?