alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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ágil, y sobre todo apresurado, llegué al brocal, que quedó completamente mojado con el
agua que chorreaba de la parte inferior de mi cuerpo. Una vez fuera del pozo con mi
botín, me fui á lo último del huerto, con la intención de refugiarme en una especie de
bosquecillo que allí había, pero no bien senté la planta en mi escondrijo, sonó la campana
de la puerta de entrada. Acababa de regresar mi ayo. Entonces calculé que me quedaban
diez minutos antes que aquél pudiese dar conmigo, si, adivinando, dónde estaba yo, venía
directamente a mí, y veinte si se tomaba la molestia de buscarme, lo cual era más que suficiente para que yo pudiese leer la preciosa carta, de la que me apresuré a juntar los
fragmentos. Los caracteres empezaban a borrarse, pero a pesar de ello conseguí descifrarlos.
––¿Qué decía la carta aquella, monseñor? ––preguntó Aramis vivamente interesado.
––Lo bastante para darme a entender que mi ayo era noble, y que mi nodriza, si bien no
dama de alto vuelo, era más que una sirvienta; y, por último, que mi cuna era ilustre, toda
vez que la reina Ana de Austria y el primer ministro Mazarino me recomendaban de tan
eficaz manera.
––¿Y qué sucedió? ––preguntó Herblay, al ver que el cautivo se callaba, por la emoción.
––Lo que sucedió fue que el obrero llamado por mi ayo no encontró nada en el pozo,
por más que buscó; que mi ayo advirtió que el brocal estaba mojado, que yo no me sequé
lo bastante al sol; que mi nodriza reparó que mis ropas estaban húmedas, y, por último,
que el fresco del agua y la conmoción que me causó el descubrimiento, me dieron un calenturón tremendo seguido de un delirio, durante el cual todo lo dije, de modo que, guiado por mis propias palabras, mi ayo encontró bajo mi cabecera los dos fragmentos de la
carta escrita por la reina.
––¡Ah! ahora comprendo, ––exclamó Aramis.
––Desde aquel instante no puedo hablar sino por conjeturas. Es indudable que mi pobre
ayo y mi desventurada nodriza, no atreviéndose a guardar el secreto de lo que pasó, se lo
escribie ron a la reina, enviándole al mismo tiempo los pedazos de la carta.
––Después de lo cual os arrestaron y os trasladaron a la Bastilla.
––Ya lo veis.
––Y vuestros servidores desaparecieron.
––¡Ay sí.
––Dejemos a los muertos, ––dijo el obispo de Vannes, ––y veamos qué puede hacerse
con el vivo. ¿No me habéis dicho que estabais resignado?
––Y os lo repito.
––¿Sin que os importe la libertad?
––Sí.
––¿Y que nada ambicionabais ni deseabais? ¡Qué! ¿os callais?
––Ya he hablado más que suficiente, ––respondió el preso. ––Ahora os toca a vos. Estoy fatigado.
––Voy a obedeceros, ––repuso Aramis. Se recogió mientras su fisonomía tomaba una
expresión de solemnidad profunda. Se veía que había llegado al punto culminante del papel que fuera a representar en la Bastilla.
––En la casa en que habitabais, ––dijo por fin Herblay, ––no había espejo alguno, ¿no
es verdad?