alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––“¡Son tan suspicaces en todo lo que se refiere a Felipe! ––continuó mi ayo.
“Felipe es el nombre que me daban, ––repuso el cautivo interrumpiendo su relato. Luego prosiguió:
“––Pues no hay que titubear, ––repuso la señora Peronnette; ––es preciso que alguien
baje al pozo.
“––¡Para que el que saque la carta la lea al subir! ––Hagamos que baje algún aldeano
que no sepa leer así estaréis tranquilo.
“––Bueno ––dijo mi ayo; ––pero el que baje al pozo ¿no va a adivinar la importancia de
un papel por el cual se arriesga la vida de un hombre? Con todo eso acabáis de inspirarme
una idea, señora Peronnette; alguien va a bajar al pozo, es verdad, pero ese alguien soy
yo.
“Pero al oír semejante proposición, mi nodriza empezó a llorar de tal suerte y a proferir
tales lamentos; suplicó con tales instancias al anciano caballero, que éste le prometió buscar una escalera de mano bastante larga para poder bajar hasta el pozo, mientras ella se
llegaba al cortijo en solicitud de un mozo decidido, al cual darían a entender que había
caído, envuelta en un papel, una alhaja en el agua.
“––Y como el papel, ––añadió mi ayo, ––en el agua se desdobla, no causará extrañeza
el encontrar la carta abierta.
“––Quizás ya se haya borrado, ––objetó mi nodriza.
“––Poco importa, con tal que la recuperemos. La reina, al entregársela, verá que no la
hemos traicionado, y, por consiguiente, Mazarino no desconfiará, ni nosotros tendremos
que temer de él.
“En tomando esta resolución, mi ayo y mi nodriza se separaron. Yo volví al cerrar el
postigo, y, al ver que mi ayo se disponía a entrar de nuevo, me recosté en mis almohadones, pero zumbándome los oídos a causa de lo que acababa de oír. Pocos segundos después mi ayo entreabrió la puerta y, al verme recostado en los almohadones, volvió a cerrarla poquito al poco en la creencia de que yo estaba adormecido. Apenas cerrada la
puerta, volví a levantarme, y, prestando oído atento, oí como se alejaba el rumor de las
pisadas. Luego me volví a mi postigo, y vi salir a mi ayo y a mi nodriza, que me dejaron
solo. Entonces, y sin tomarme siquiera la molestia de atravesar el vestíbulo, salté por la
ventana, me acerqué apresuradamente al pozo, y, como mi ayo, me asomé a él y vi algo
blanquecino y luminoso que temblequeaba en los trémulos círculos de la verdosa agua.
Aquel brillante disco me fascinaba y me atraía; mis ojos estaban fijos, y mi respiración
era jadeante; el pozo me aspiraba con su ancha boca, y su helado aliento, y me parecía
leer allá en el fondo del agua, caracteres de fuego trazados en el papel que había tocado la
reina. Entonces, inconscientemente, animado por uno de esos arranques instintivos que
nos empujan a las pendientes fatales, até una de las extremidades de la cuerda al hierro
del pozo, dejé colgar hasta flor de agua el cubo, cuidando de no tocar el papel, que empezaba a tomar un color verdoso, prueba evidente de que iba sumergiéndose, y tomando un
pedazo de lienzo mojado para no lastimarme las manos, me deslicé al abismo. Al verme
suspendido encima de aquella agua sombría, y al notar que el cielo iba achicándose encima de mi cabeza, se apoderó de mí el vértigo y se me erizaron los cabellos; pero mi voluntad fue superior a mi terror y a mi malestar. Así llegué hasta el agua y, sosteniéndome
con una mano, me zambullí resueltamente en ella y tomé el precioso papel, que se partió
en dos entre mis dedos. Ya en mi poder la carta, la escondí en mi pechera, y ora haciendo
fuerza con los pies en las paredes del pozo, era sosteniéndome con las manos, vigoroso,