alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Cuando de tal suerte me arrebataron mi nodriza y mi ayo, y de tal manera me separaron de ellos, es señal de que ellos o yo constituíamos un peligro muy grande para mi
enemigo.
––Peligro del cual vuestro enemigo se libró haciendo desaparecer al ayo y a la nodriza,
––dijo Aramis con tranquilidad.
––¡Desaparecer! ––exclamó el preso. ––Pero, ¿de qué modo desaparecieron?
––Del modo más seguro, ––respondió el obispo; ––muriendo.
––¿Envenenados? ––preguntó el cautivo palideciendo ligeramente y pasándose por el
rostro una mano tembloroso.
––Envenenados.
––Fuerza es que mi enemigo sea muy cruel. O que la necesídad le obligue de manera
inflexible, para que aquellas dos inocentes criaturas, mis únicos apoyos, hayan sido asesinados en el mismo día; porque mi ayo y mi nodriza nunca habían hecho mal a nadie.
––En vuestra casa la necesidad es dura, monseñor, y ella es también la que me obliga
con profundo pesar mío, a decirss que vuestro ayo y vuestra nodriza fueron asesinados.
––¡Ah! ––exclamó el joven frunciendo las cejas, ––no me decís nada que yo no sospechara.
––¿Y en qué fundabais vuestras sospechas?
––Voy a decíroslo.
El joven se apoyó en los codos y aproximó su rostro al rostro de Aramis con tanta expresión de dignidad, de abnegación, y aun diremos de reto, que el obispo sintió cómo la
electricidad del entusiasmo subía de su marchitado corazón y en abrasadoras chispas a su
cráneo duro como el acero.
––Hablad, monseñor, ––repuso Herblay. Ya os he manifestado que expongo mi vida
hablándoos, pero por poco que mi vida valga, os suplico la recibáis como rescate da la
vuestra.
––Pues bien escuchad por qué sospeché que habían asesinado a mi nodriza y a mi ayo...
––A quien vos dabais título de padre.
––Es verdad, pero yo ya sabía que no lo era mío.
––¿Qué os hizo suponer?...
––Lo mismo que me da suponer que vos no sois mi amigo: el respeto excesivo.
––Yo no aliento el designio de ocultar la realidad. El joven hizo una señal con la cabeza
y prosiguió:
––Es indudable que yo no estaba destinado a permanecer encerrado eternamente, y lo
que así me lo da a entender, sobre todo en este instante, es el cuidado que se tomaron en
hacer de mí un caballero lo más cumplido. Mi ayo me enseñó cuanto él sabía, esto es,
matemáticas, nociones de geometría, astronomía esgrima y equitación. Todas las mañanas me ejercitaba en la esgrima en una sala de la planta baja, y montaba a caballo en el
huerto. Ahora bien, una calurosa mañana de verano me dormí en la sala de armas, sin que
hasta entonces el más pequeño indicio hubiese venido a instruirme o a despertar mis sospechas, a no ser el respeto del ayo. Vivía como los niños, como los pájaros y las plantas,
de aire y de sol, por más que hubiese cumplido los quince.
––¿Luego hace de eso ocho años?
––Poco más o menos: se me ha olvidado ya la medida del tiempo.
––¿Qué os decía vuestro ayo para estimularos al trabajo?