alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Con la mujer que venía a veros todos los meses, ––repuso Herblay al ver que el preso
se interrumpía.
––Esto es.
––¿Sabéis quién era aquella dama?
––Sé que era una dama de la corte, ––respondió el cautivo dilatándosele las pupilas.
––¿La recordáis claramente?
––Respecto del particular, mis recuerdos no pueden ser confusos: vi una vez a aquella
la dama acompañada de un hombre que frisaba en los cuarenta y cinco; otra vez en compañía de vos y de la dama del vestido negro y de las cintas rojas, y luego otras dos veces
con esta última. Aquellas cuatro personas, mi ayo, la vieja Peronnette, mi carcelero y el
gobernador, son las únicas con quienes he hablado en mi vida, y puede decirse las únicas
que he visto.
––¿Luego en Noisy-le-Sec estabais preso?
––Sí aquí lo estoy, allí gozaba de libertad relativa, por más que fuese muy restringida.
Mi prisión en Noisy-le-Sec la formaban una casa de la que nunca salí, y un gran huerto
rodeado de altísima cerca; huerto y casa que vos conocéis, pues habéis estado en ellos.
Por lo demás, acostumbrado a vivir en aquel cercado y en aquella casa, nunca deseé salir
de ellos. Así pues, ya comprendéis que no habiendo visto el mundo, nada puedo desear, y
que si algo me contáis, no tendréis más remedio que explicármelo.
––Tal es mi deber, y lo cumpliré, monseñor, ––dijo Aramis haciendo una inclinación
con la cabeza,
––Pues empezad por decirme quién era mi ayo.
––Un caballero bondadoso y sobre todo honrado, a la vez preceptor de vuestro cuerpo y
de vuestra alma. De fijo que nunca os dio ocasión de quejaros.
––Nunca, al contrario; pero como me dijo más de una vez que mis padres habían muerto, deseo saber si mintió al decírmelo o si fue veraz.
Se veía obligado a cumplir las órdenes que le habían dado.
––¿Luego mentía?
––En parte, pero no respecto de vuestro padre.
––¿Y mi madre?
––Está muerta para vos.
––Pero vive para los demás. ¿no es así?
––Sí, monseñor.
––¿Y yo estoy condenado a vivir en la oscuridad de una prisión? ––exclamó el joven
mirando de hito en hito a Herblay.
––Tal creo, monseñor, ––respondió Aramis exhalando un suspiro.
––¿Y eso porque mi presencia en la sociedad revelaría un gran secreto?
––Si, monseñor.
––Para hacer encerrar en la Bastilla a un niño, como era yo cuando me trasladaron aquí,
es menester que mi enemigo sea muy poderoso.
––Lo es.
––¿Más que mi madre, entonces? .
––¿Por qué me dirigís esa pregunta?
––Porque, de lo contrario, mi madre me habría defendido.
Sí, es más poderoso que vuestra madre ––respondió el prelado tras un instante de vacilación.