alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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revelaciones? Ya que los dos estamos cubiertos con una máscara, o continuamos ambos
con ella puesta, o arrojémosla los dos a un tiempo.
––Vamos a ver, ¿sois ambicioso?
––¿Qué es ambición? ––preguntó el joven.
––Un sentimiento que impele al hombre a desear más de lo que posee.
––Ya os he manifestado que estoy contento, pero quizás me engaño. Ignoro qué es ambición, pero está en lo posible que la tenga. Explicaos, ilustradme.
––Ambicioso es aquel que codicia más que lo que le proporciona su estado.
––Eso no va conmigo, ––dijo el preso con firmeza que hizo estremecer nuevamente al
obispo de Vannes.
Aramis se calló; pero al ver las inflamadas pupilas, la arrugada frente y la reflexiva actitud del cautivo, conocíase que éste esperaba algo más que el silencio.
––La primera vez que os vi, ––dijo Herblay hablando por fin, ––mentisteis.
––¡Que yo mentí! ––exclamó el preso incorporándose, y con voz tal y tan encendidos
ojos, que Aramis retrocedió a su pesar.
––Quiero decir, ––prosiguió Aramis, ––que me ocultasteis lo que de vuestra infancia
sabíais.
Cada cual es dueño de sus secretos, caballero, y no debe haber almoneda de ellos ante
el primer advenedizo.
Es verdad, ––contestó Aramis inclinándose profundamente, ––perdonad; pero ¿todavía
hoy soy para vos un advenedizo? Os suplico que me respondáis, “monseñor”. Este titulo
causó una ligera turbación al preso; sin embargo, pareció no admirarse de que se lo diesen.
––No os conozco, caballero, ––repuso el joven. ––¡Ah! Sí yo me atreviera, ––dijo Herblay, ––tomaría vuestra mano y os la besaría.
El cautivo hizo un ademán como para dar la mano a Aramis, pero el rayo que emanó de
sus pupilas se apagó en el borde de sus párpados, y su mano se retiró fría y recelosa.
––¡Besar la mano de un preso! ––dijo el cautivo moviendo la cabeza; ––¿para qué?
––¿Por qué me habéis dicho que aquí os encontrabais bien, ––preguntó Aramis, ––que a
nada aspirabais? En una palabra, ¿por qué, al hablar así, me vedáis que a mi vez sea franco?
De las pupilas del joven emanó un tercer rayo; pero, como las dos veces anteriores, se
apagó sin más consecuencias.
––¿Receláis de mí? ––preguntó el prelado.
––¿Por qué recelaría de vos?
––Por una razón muy sencilla, y es que si vos sabéis lo que debéis saber, debéis recelar
de todos.
––Entonces no os admire mi desconfianza, pues suponéis que sé lo que ignoro.
––Me hacéis desesperar, monseñor, ––exclamó Aramis asombrado de tan enérgica resistencia y descargando el puño sobre su sillón.
––Y yo no os comprendo.
––Haced por comprenderme.
El preso clavó la mirada en su interlocutor. En ocasiones, ––prosiguió Herblay, ––
pienso que tengo ante mí al hombre a quien busco... y luego...
––El hombre ese que decís, desaparece, ¿no es verdad? ––repuso el cautivo sonriéndose.
