alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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amargura, el preso añadió: ––Creedme, caballero, los hombres han hecho por mí cuanto
puede esperar y anhelar un hombre.
––Admito en cuanto a los hombres, ––replicó Aramis levantando la cabeza; ––pero
creo que os olvidáis de Dios.
––En efecto, me he olvidado de Dios, ––repuso con la mayor calma el joven; ––pero
¿por qué me decís eso? ¿A qué hablar de Dios a los cautivos?
Aramis miró de frente a aquel joven extraordinario, que a la resignación del mártir
añadía la sonrisa del ateo, y dijo con acento de reproche.
––¿Por ventura no está Dios presente en todo?
––Al fin de todo, ––arguyó con firmeza el preso.
––Concedido, ––repuso Aramis: ––pero volvamos al punto de partida.
––Eso pido.
––Soy vuestro confesor.
––Ya lo sé.
––Así pues, como penitente mío, debéis decirme la verdad.
––Estoy dispuesto a decírosla.
––Todo preso ha cometido el crimen a consecuencia del cual lo han reducido a prisión.
¿Qué crimen habéis cometido vos?
––Ya me hicisteis la misma pregunta la primera vez que me visteis, ––contestó el preso.
––Y entonces eludisteis la respuesta, como ahora la eludís.
––¿Y por qué opináis que ahora voy a responderos?
––Porque soy vuestro confesor.
––Pues bien, si queréis que os diga qué crimen he cometido, explicadme qué es crimen.
Yo, por mi parte, sé deciros que no acusándome de nada mi conciencia, no soy criminal.
––A veces uno es criminal a los ojos de los grandes de la tierra, no sólo porque ha cometido crímenes, sino también porque sabe que otros los han cometido.
––Comprendo, ––repuso tras un instante de silencio el joven y después de haber escuchado con atención profunda; ––decís bien, caballero; mirado desde ese punto de vista,
podría muy bien ser que yo fuese criminal a los ojos de los magnates. ––¡Ah! ¿conque
sabéis algo? ––preguntó Aramis.
––Nada sé, ––respondió el joven; ––pero en ocasiones medito, y al meditar me digo...
––¿Que?
––Que de continuar en mis meditaciones, una de dos, o me volvía loco, o adivinaría
muchas cosas. ––¿Y qué hacéis? ––preguntó Aramis con impaciencia. ––Paro el vuelo de
mi mente.
––¡Ah!
––Sí, porque se me turba la cabeza, me entristezco, me invade el tedio, y deseo...
––¿Qué?
––No lo sé, porque no quiero que me asalte el deseo de cosas que no poseo, cuando estoy tan contento con lo que tengo.
––¿Teméis la muerte? ––preguntó Herblay con inquietud.
––Sí, ––respondió el preso sonriéndose.
––Pues si teméis la muerte, ––repuso Aramis estremeciéndose ante la fría sonrisa de su
interlocutor, ––es señal de que sabéis más de lo que no queréis dar a entender.
¿Por qué soy yo quien ahora hablo, y vos quien se calla, ––replicó el cautivo, ––cuando
habéis hecho que os llamara a mi lado, y habéis entrado prometiéndome hacerme tantas
