alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––¿Padecéis?
––No.
––¿Deseáis algo?
––Nada
––¿Ni la libertad?
––¿A qué llamáis libertad? ––preguntó el preso con acento de quien se prepara a una
lucha.
––Doy el nombre de libertad a las flores, al aire, a la luz, a las estrellas, a la dicha de ir
adonde os conduzcan vuestras nerviosas piernas de veinte años.
––Mirad ––respondió el joven dejando vagar por sus labios una sonrisa que tanto podía
ser de resignación como de desdén, ––en ese vaso del Japón tengo dos lindísimas rosas,
tomadas en capullo ayer tarde en el jardín del gobernador; esta mañana han abierto en mi
presencia su encendido cáliz, y por cada pliegue de sus hojas han dado salida al tesoro de
su aroma, que ha embalsamado la estancia. Mirad esas dos rosas: son las flores más hermosas ¿Porqué he de desear yo otras flores cuando poseo las más incomparables?
Aramis miró con sorpresa al joven.
––Si las flores son la libertad, ––continuó con voz triste el cautivo, ––gozo de ella, pues
poseo las flores.
––Pero ¿y el aire? ––exclamó Herblay, ––¿el aire tan necesario a la vida?
––Acercaos a la ventana, ––prosiguió el preso; ––está abierta. Entre el cielo y la tierra,
el viento agita sus torbellinos de nieve, de fuego, de tibios vapores o de brisas suaves. El
aire que entra por esa ventana me acaricia el rostro cuando, subido yo a ese sillón, sentado en su respaldo y con el brazo en torno del barrote que me sostiene, me figuro que nado
en el vacío.
––¿Y la luz? ––preguntó Aramis, cuya frente iba nublándose.
––Gozo de otra mejor, ––continuó; el preso; ––gozo del sol, amigo que viene a visitarme todos los días sin permiso del gobernador, sin la compasión del carcelero. Entra por la
ventana, traza en mi cuarto un grande y largo paralelogramo que parte de aquélla y llega
hasta el fleco de las colgaduras de mi cama. Aquel paralelogramo se agranda desde las
diez de la mañana hasta mediodía, y mengua de una a tres, lentamente como si le pesara
apartarse de mí tanto cuanto se apresura en venir a verme. Al desaparecer su último rayo,
he gozado de su presencia cuatro horas. ¿Por ventura no me basta eso? Me han dicho que
hay desventurados que excavan canteras y obreros que trabajan en las minas, que nunca
ven el sol.
Aramis se enjugó la frente.
––Respecto de las estrellas, tan gratas a la mirada, ––continuó el joven, ––aparte el brillo y la magnitud, todas se parecen. Y aun en ese punto salgo favorecido; porque de no
haber encendido vos esa bujía, podíais haber visto lo hermosa estrella que veía yo desde
mi cama antes de llegar vos, y de la cual me acariciaba los ojos la irradiación.
Aramis, envuelto en la amarga oleada de siniestra filosofía que forma la religión del
cautiverio, bajó la cabeza.
––Eso en cuanto a las flores, al aire, a la luz y a las estrellas, ––prosiguió el joven con
la misma tranquilidad. ––Respecto del andar, cuando hace buen tiempo me paseo todo el
día por el jardín del gobernador, por este aposento si llueve, al fresco si hace calor, y si
hace frío, lo hago al amor de la lumbre de mi chimenea. ––Y con expresión no exenta de
