alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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Baisemeaux se inclinó y dejó pasar a Aramis, que tomó el farol de manos del llavero y
entró; luego hizo una seña para que tras él cerraran la puerta.
Herblay permaneció por un instante en pie y con el oído atento, escuchando si Baisemeaux y el llavero se alejaban; luego, cuando estuvo seguro de que aquéllos habían salido de la torre, dejó el farol en la mesa y miró a todas partes.
En una cama de sarga verde, exactamente igual a las demás camas de la Bastilla, aunque más nueva, y bajo amplias y medio corridas colgaduras, descansaba el joven con
quien ya hemos hecho hablar una vez a Herblay.
Según el uso de la prisión, el cautivo estaba sin luz desde el toque de queda, en lo cual
se echa de ver de cuántos miramientos gozaba el preso, pues tenía el privilegio de conservar la vela encendida hasta el momento que va dicho.
Junto a la cama había un sillón de baqueta, y, en él, ropas flamantes; arrimada a la ventana, se veía una mesita sin libros ni recado de escribir, pero cubierta de platos, que en lo
llenos demostraban que el preso había probado apenas su última comida.
Aramis vio, tendido en la cama y en posición supina, al joven, que tenía el rostro escondido en parte por los brazos.
La llegada del visitador no hizo cambiar de postura al preso, que esperaba o dormía.
Aramis encendió la vela con ayuda del farol, apartó con cuidado el sillón y se acercó al
la cama con muestras visibles de interés y de respeto.
––¿Qué quieren de mí? ––preguntó el joven levantando la cabeza.
––¿No habéis pedido un confesor?
––Sí.
––¿Porque estáis enfermo?
––Sí.
––¿De gravedad?
––Gracias ––repuso el joven fijando en Aramis una mirada penetrante. Y tras un instante de silencio, agregó: Ya os he visto otra vez.
Aramis hizo una reverencia. Indudablemente el examen que acababa de hacer al preso,
aquella revelación de su carácter frío, astuto y dominador, impreso en la fisonomía del
obispo de Vannes, era poco tranquilizador en la situación del joven, pues añadió:
––Estoy mejor.
––¿Así pues?... ––preguntó Aramis.
––Siguiendo mejor, me parece que no tengo necesidad de confesarme.
––¿Ni del cilicio de que os habla el billete que habéis encontrado en vuestro pan?
El preso se estremeció.
––¿Ni del sacerdote de la boca del cual debéis oír una revelación importante? ––
prosiguió Aramis.
––En este caso ya es distinto ––dijo el joven dejándose caer nuevamente sobre su almohada.
Aramis miró con más atención al preso y quedó asombrado al ver aquel aire de majestad sencillo y desembarazado que no se adquiere nunca si Dios no lo infunde en la sangre
o en el corazón.
––Sentaos, caballero ––dijo el preso.
––¿Qué tal encontráis la Bastilla? ––preguntó Herblay inclinándose y después de haber
obedecido.
––Muy bien.