alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Pensad que en la casa de la cual he venido, me han dicho: “Cuando lo reclamen las
circunstancias y a petición del preso, el mencionado capitán o gobernador de fortaleza
permitirá la entrada a un confesor afiliado la orden. He venido, me he explicado, no me
habéis comprendido, y me vuelvo para decir a los que me han enviado que se han engañado y que me envíen a otra parte.
––¡Cómo! ¿vos sois...? ––exclamó Baisemeaux mirando a Aramis casi con espanto.
––El confesor afiliado a la orden ––respondió Aramis sin modificar la voz.
Mas por muy suavemente que Herblay hubiese vertido sus palabras, produjeron en el
infeliz gobernador el efecto del rayo. Baisemeaux se puso amoratado.
––¡El confesor! ––murmuró Baisemeaux; ––¿vos el confesor de la orden, monseñor?
––Sí; pero como no estáis afiliado, nada tenemos que ventilar los dos.
––Monseñor...
––¡Ah!
––Ni que me niegue a obedecer.
––Pues lo que acaba de pasar se parece a la desobediencia.
––No, monseñor; he querido cerciorarme...
––¿De qué? ––dijo Aramis con ademán de soberano desdén.
––De nada, monseñor; de nada ––dijo Baisemeaux bajando la voz y humillándose ante
el prelado. ––En todo tiempo y en todo lugar estoy a la disposición de mis señores, pero...
––Muy bien; prefiero veros así ––repuso Herblay sentándose otra vez y tendiendo su
vaso al gobernador, que no acertó a llenarlo, de tal suerte le temblaba la mano. ––Habéis
dicho “pero”, ––dijo Aramis.
––Pero como no me habían avisado, estaba muy lejos de esperar...
––¿Por ventura no dice el Evangelio: “Velad, porque sólo Dios sabe el momento”?
¿Acaso las prescripciones de la orden no rezan: “Velad, porque lo que yo quiero, vosotros debéis siempre quererlo”? ¿A título de qué, pues, no esperabais la venida del confesor?
––Porque en este momento no hay en la Bastilla preso alguno que esté enfermo.
––¿Qué sabéis vos? ––replicó Herblay encogiendo los hombros.
––Me parece...
––Señor de Baisemeaux ––repuso Aramis arrellanándose en su sillón, ––he ahí vuestro
criado que desea deciros algo.
En efecto, en aquel instante apareció en el umbral del comedor el criado de Baisemeaux.
––¿Qué hay? ––preguntó con viveza el gobernador.
––Señor de Baisemeaux ––respondió el criado, ––os traigo el boletín del médico de la
casa.
––Haced que entre el mensajero ––dijo Aramis fijando en el gobernador sus límpidos y
serenos ojos.
El mensajero entró, saludó y entregó el boletín.
––¡Cómo! ¡el segundo Bertaudiere está enfermo! ––exclamó con sorpresa el gobernador después de haber leído el boletín y levantado la cabeza.
––¿No decíais que vuestros presos gozaban todos de salud inmejorable? ––repuso Aramis con indolencia y bebiéndose un sorbo del moscatel, aunque sin apartar del gobernador la mirada.
