alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––El compromiso ––continúo Aramis con voz firme, ––helo aquí.
––Veamos...
Aramis dijo, o más bien recitó el párrafo siguiente, con la misma voz que si hubiese
leído un libro:
“Cuando lo reclamen las circunstancias y a petición del preso, el mencionando capitán
o gobernador de fortaleza permitirá la entrada a un confesor afiliado a la orden”.
Daba lástima ver a Baisemeaux; de tal suerte temblaba y tal era su palidez.
––¿No es ese el texto del compromiso? ––prosiguió tranquilamente Herblay.
––Monseñor...
––Parece que empieza a aclararse vuestra mente.
––Monseñor ––dijo Baisemeaux, ––no os burléis de la pobreza de mi inteligencia; yo
ya sé que en lucha con la vuestra, la mía nada vale si os proponéis arrancarme los secretos de mi administración.
––Desengañaos, señor de Baisemeaux; no tiro a los secretos de vuestra administración,
sino a los de vuestra conciencia.
––Concedo que sean de mi conciencia, señor de Herblay; pero tened en cuenta mi situación.
––No es común si estáis afiliado a esa sociedad ––prosiguió el inflexible Herblay; ––
pero si estáis libre de todo compromiso, si no tenéis que responder más que al rey, no
puede ser más natural.
––Pues bien, señor de Herblay, no obedezco más que al rey, porque ¿a quién sino al rey
debe obedecer un caballero francés?
––Grato, muy grato es para un prelado de Francia ––repuso Aramis con voz suavísima,
––oír expresarse con tanta lealtad a un hombre de vuestro valer.
––¿Habéis dudado de mí, monseñor?
––¿Yo? No.
––¿Luego no dudáis?
––¿Cómo queréis que dude que un hombre como vos no sirva fielmente a los señores
que se ha dado voluntariamente a sí mismo?
––¡Los señores! ––exclamó Baisemeaux.
––Los señores he dicho.
––¿Verdad que continuáis chanceándoos, señor de Herblay?
––Tener muchos señores en vez de uno, hace más difícil la situación, lo concibo; pero
no soy yo la causa del apuro en que os halláis, sino vos, mi buen amigo.
––Realmente no sois vos el causante ––repuso el gobernador en el colmo de la turbación. ––Pero ¿qué hacéis? ¿Os marcháis?
––Sí.
––¡Qué raro os mostráis para conmigo, monseñor!
––No por mi fe.
––Pues quedaos.
––No puedo.
––¿Por qué?
––Porque ya nada tengo que hacer aquí y me llaman a otra parte.
––¿Tan tarde?
––Tan tarde.
