alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––¡Hombre! como Rául no se ha batido, fuerza es que yo me bata.
––¿Con quién? ¿con el rey?
––¡Como con el rey! ––exclamó Porthos, en el colmo de la estupefacción.
––Con el rey he dicho.
––¡Ca, hombre! con quien voy a batirme yo es con Saint-Aignán, lo hacéis contra el
rey.
––¿Estáis seguro de lo que afirmáis? ––repuso Porthos abriendo desmesuradamente los
ojos.
––¡No he de estarlo!
––¿Pues cómo se arregla eso?
––Ante todo veamos de cenar bien, y os îío que la mesa del capitán de mosqueteros es
agradable. A ella veréis sentado al gentil Saint-Aignán, y beberéis a su salud.
––¿Yo? ––exclamó con horror el coloso.
––¡Cómo! ¿os negáis a beber a la salud del rey?
––Pero ¿quién diablos os habla del rey? Os hablo de SaintAignán.
––Es lo mismo ––replicó D'Artagnan.
––Así es distinto ––repuso Porthos vencido.
––Me habéis comprendido, ¿no es verdad?
––No ––respondió Porthos, ––pero lo mismo da.
––Decís bien, lo mismo da ––dijo D'Artagnan: ––vámonos a cenar.
LA SOCIEDAD DE BAISEMEAUX
No ha olvidado el lector que D'Artagnan y el conde de La Fere, al salir de la Bastilla,
dejaron en ella y a solas a Aramis y a Baisemeaux.
Baisemeaux tenía por verdad inconcusa que el vino de la Bastilla era excelente, era capaz de hacer hablar a un hombre de bien: pero no conocía a Aramis, el cual conocía como
a sí mismo al gobernador, y contaba hacerle hablar por el sistema que este último tenía
por eficaz.
Si no en apariencia, la conversación decaía, pues Baisemeaux hablaba únicamente de la
singular prisión de Athos, seguida inmediatamente la orden de remisión.
Aramis no era hombre para molestarse por cosa alguna, y ni siquiera había dicho aun a
Baisemeaux por qué estaba allí.
Así es que el prelado le interrumpió de improviso exclamando:
––Decidme, mi buen señor de Baisemeaux, ¿no tenéis en la Bastilla más distracciones
que aquellas a que he asistido las dos o tres veces que os he visitado?
El apóstrofe era tan inesperado, que el gobernador quedó aturdido.
––¿Distracciones? ––dijo Baisemeaux. ––Continuamente las tengo, monseñor.
––¿Qué clase de distracciones son esas?
––De toda especie.
––¿Visitas?
––No, monseñor; las visitas no son comunes en la Bastilla.
––¡Ah! ¿son raras las visitas?
––Rarísimas.
––¿Aun de parte de vuestra sociedad?
––¿A qué llamáis vos mi sociedad? ¿a mis presos?
