alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Es cierto ––dijo Grimaud, ––que si el señor conde está en la carroza, es porque lo
han puesto en libertad, o lo trasladan a otra prisión.
––El camino que emprenden nos lo dirá––repuso Porthos.
––Si lo han puesto en libertad ––continuó Grimaud, ––lo conducirán a su casa.
––Es verdad ––dijo el gigante.
––Pues la carroza no toma tal dirección ––exclamó el vizconde. En efecto, los caballos
acababan de internarse en el arrabal de San Antonio.
––Corramos ––dijo Porthos ––ataquemos la carroza una vez en la carretera, y digamos
a Athos que se ponga a salvo.
––A eso llaman rebelión, ––murmuró el vizconde.
Porthos lanzó a su joven amigo una segunda mirada digna hermana de la primera, a la
cual respondió el vizconde arreando a su cabalgadura.
Poco después los jinetes dieron alcance a la carroza. D'Artagnan, que siempre tenía
despiertos los sentidos, oyó el trote de los corceles en el momento en que Raúl decía a
Porthos que se adelantasen a la carroza para ver quién era la persona a la cual acompañaba D'Artagnan.
Porthos obedeció, pero como las cortinillas estaban corridas, nada pudo ver.
La rabia y la impaciencia dominaban a Bragelonne, que al notar el misterio de que se
rodeaban los compañeros de Athos, resolvió atropellar por todo.
D'Artagnan por su parte, conoció a Porthos y a Raúl, y comunicó a Athos el resultado
de su observación.
Athos y D'Artagnan se proponían ver si Raúl y Porthos llevarían las cosas al último extremo.
Y así fue. Bragelonne empuñó una pistola, se abalanzó al primer caballo de la carroza,
e intimó al cochero que parase, Porthos dio un golpe y lo quitó de su sitio, y Grimaud se
asió a la portezuela.
––¡Señor conde! ¡señor conde! ––exclamó Bragelonne abriendo los brazos.
––¿Sois vos, Raúl? ––dijo Athos ebrio de alegría.
––¡No está mal! ––repuso D'Artagnan echándose a reír.
Y los dos abrazaron a Porthos y a Bragelonne, que se habían apoderado de ellos.
––¡Mi buen Porthos! ¡mi excelente amigo! ––exclamó el conde de La Fere; ––¡siempre
el mismo!
––Todavía tiene veinte años ––dijo D'Artagnan. ––¡Bravo, Porthos!
––¡Diantre! ––repuso el barón un tanto cortado, ––hemos creído que os habían preso.
––Ya lo veis ––replicó Athos, ––todo se reducía a un paseo en la carroza del señor de
D'Artagnan.
––Os seguimos desde la Bastilla ––replicó el vizconde con voz de duda y de reconvención.
––Adonde hemos ido a cenar con el buen Baisemeaux ––dijo el mosquetero.
––Allí hemos visto a Aramis.
––¿En la Bastilla?
––Ha cenado con nosotros.
––¡Ah! ––exclamó Porthos respirando.
––Y nos ha dado mil curiosos recuerdos para vos.
––Gracias.
