alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––¿Qué decís? ––preguntó Raúl.
––¿Yo? nada: pero no quiero que Athos se quede en la Bastilla.
––¿Sabéis que han arrestado al conde por orden del rey? ––dijo el vizconde acercándose a su amigo.
Porthos miró a Bragelonne como diciéndole: “¿Y a mí qué?” Mudo lenguaje que le pareció tan elocuente a Raúl, volvió a subirse a caballo, mientras el coloso hacía lo mismo
con ayuda de Grimaud.
––Tracemos un plan ––dijo el vizconde.
––Esto es ––repuso Porthos, ––tracemos un plan. ––Y al ver que Raúl lanzaba un suspiro y se detenía repentinamente, añadió: ––¡Qué! ¿desmayáis?
––No, lo que me ataja es la impotencia. ¿Por ventura los tres podemos apoderarnos de
la Bastilla?
––Sí D'Artagnan estuviese allí, no digo que no ––repuso Porthos.
Raúl quedó mudo de admiración ante aquella confianza heroica de puro candorosa.
¿Conque en realidad vivían aquellos nombres célebres que en número de tres o cuatro
embestían contra un ejército o atacaban una fortaleza?
––Acabáis de inspirarme una idea, señor de Vallón ––dijo el vizconde, ––es necesario
de toda necesidad que veamos al señor de D'Artagnan.
––Sin duda.
––Debe de haber conducido ya a mi padre a la Bastilla y, por consiguiente, estar de regreso en su casa.
––Primeramente informémonos en la Bastilla ––dijo Grimaud, que hablaba poco, pero
bien.
Los tres llegaron ante la fortaleza a tiempo que Grimaud pudo divisar cómo doblaba la
gran puerta del puente levadizo la carroza que conducía a D'Artagnan de regreso de palacio.
En vano Raúl espoleó su cabalgadura para alcanzar la carroza y ver quién iba dentro.
Aquella ya se había detenido allende la puerta grande, que volvió a cerrarse, mientras un
guardia francés de centinela daba con el mosquete en el hocico del caballo del vizconde,
el cual volvió grupas, satisfecho de saber a qué atenerse respecto de la presencia de aquella carroza que encerrara a su padre.
Ya lo hemos atrapado ––dijo Grimaud.
––Como estamos seguros de que va a salir, aguardemos, ¿no es verdad, señor de
Vallón? ––dijo Bragelonne.
––A no ser también que D'Artagnan esté preso ––replicó Porthos; ––en cuyo caso todo
está perdido.
Raúl, que conoció que todo era admisible, nada respondió a las palabras de Porthos; lo
único que hizo fue encargar a Grimaud que, para no dar sospechas condujese los caballos
a la callejuela de Juan Beausire, mientras él con su penetrante mirada atisbaba la salida de
D'Artagnan o de la Carroza.
Fue lo mejor, pues apenas transcurridos veinte minutos, volvieron a abrir la puerta y
apareció de nuevo la carroza. ¿Quiénes iban en ella? Raúl no pudo verlo por habérselo
privadd un deslumbramiento, pero Grimaud afirmó haber visto a dos personas, una de las
cuales era su amo.
Porthos miró a Bragelonne y al lacayo para adivinar qué pensaban.