alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Si mal no recuerdo ––dijo Baisemeaux con temblorosa voz y después de haber despedido con ademán al criado; ––si mal no recuerdo, el párrafo dice: “A petición del preso”.
––Esto es ––respondió Aramis; pero ved qué quieren de vos. En efecto, en aquel instante un sargento asomó la cabeza por la puerta medio entornada.
––¿Qué más hay? ––exclamó el gobernador. ––No me dejarán diez minutos en paz?
––Señor gobernador ––dijo el sargento, ––el enfermo de la segunda Bertaudiere ha encargado a su llavero que os pida un confesor.
En un tris estuvo que Bertaudiere no cayese por tierra.
Aramis desdeñó el sosegarlo, como desdeñara el asustarlo.
––¿Qué respondo? ––prosiguió Baiseméaux.
––Lo que os guste ––dijo Aramis. ––Por ventura soy yo el gobernador de la Bastilla?
––Decid al preso que se proveerá ––exclamó el gobernador volviéndose hacia el sargento y despidiéndole con una seña. Luego añadió: ––¡Ah! monseñor, monseñor, ¿cómo
pude sospechar... prever...?
––¿Quién os decía que sospecharais, ni quien os rogaba que previerais? ––replicó Aramis con desapego. ––La orden no sospecha, sabe y prevé: ¿no basta eso?
––¿Qué ordenáis? ––dijo el gobernador.
––Nada. No soy más que un pobre sacerdote, un simple confesor. ¿Me mandáis que vaya a visitar a vuestro enfermo?
––No os lo mando, monseñor, os lo ruego.
––Acompañadme, pues.
EL PRESO
Después de la singular transformación de Aramis en confesor de la compañía, Baisemeaux dejó de ser el mismo hombre. Hasta entonces Herblay había sido para el gobernador un pre lado a quien debía respeto, un amigo a quien le ligaba la gratitud; pero desde
la revelación que acababa de trastornarle todas las ideas, Aramis fue el jefe, y él un inferior.
Baisemeaux encendió por su propia mano un farol, llamó al carcelero, y se puso al las
órdenes de Aramis.
El cual se limitó a hacer con la cabeza un ademán que quería decir: “Está bien”, y con
la mano una seña que significaba: “Marchad delante”.
Baisemeaux echó a andar, y Aramis le siguió.
La noche estaba estrellada; las pisadas de los tres hombres resonaban en las baldosas de
las azoteas, y el retentín de las llaves que, colgadas del cinto, llevaba el llavero subía hasta los pisos de las torres como para recordar a los presos que no estaba en sus manos recobrar la libertad.
Así llegaron al pie de la Bertaudiere los tres, y, silenciosamente, subieron hasta el segundo piso, Baisemeaux, si bien obedecía, no lo hacía con gran solicitud, ni mucho menos.
Por fin llegaron a la puerta, y el llavero abrió inmediatamente.
––No está escrito que el gobernador oiga la confesión del preso ––dijo Aramis cerrando
el paso al Baisemeaux, en el acto de ir a entrar aquél en el calabozo.