alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––A vuestra órdenes, pues, señor Herblay.
––¿Os place quedaros aquí en la carroza?
––Sí, estamos bien sentados y le he tomado cariño a la carroza esta; es la que me ha restituido a la liberta.
––Con vuestra licencia, monseñor, falta todavía otra precaución.
––¿Cuál?
––Como nos hallamos en medio del camino real, pueden pasar jinetes o carrozas que
viajan como nosotros, y que al vernos parados, supondrían que nos pasa algún percance.
Evitemos ofertas que nos incomodarían.
––Pues ordenad al postillón que esconda la carroza en una de las alamedas laterales.
––Tal era mi intención, monseñor.
Aramis tocó con la mano al sordo mudo y le hizo una seña. Aquél se apeó inmediatamente, tomó por las riendas a los dos primeros caballos y los condujo, al través de las
malezas, a una alameda sinuosa, en lo último de la cual, en aquella oscura noche, las nubes formaban una cortina más negra que la tinta. Luego el mudo se tendió en un talud,
junto a sus caballos, que empezaron a arrancar a derecha y a izquierda los retoños de las
encinas.
––Os escucho, ––dijo el joven príncipe a Aramis, ––pero ¿qué hacéis?
––Desarmo unas pistolas de las que ya no tenemos necesidad.
EL TENTADOR
––Príncipe mío, ––dijo Aramis volviéndose en la carroza, hacia su compañero, ––por
muy poco que yo valga, por menguado que sea mi ingenio, por muy ínfimo que sea el
lugar que ocupo en la escala de los seres pensadores, nunca he hablado con un hombre de
quien no haya leído en su imaginación al través de la máscara viviente echada sobre
nuestra inteligencia para reprimir sus manifestaciones. Pero esta noche, en medio de la
oscuridad que nos envuelve y de la reserva en que os veo, no me será dable leer en vuestras facciones, y una voz secreta me dice que me costará trabajo arrancaros una palabra
sincera. Os suplico, pues, no por amor a mí, pues los vasallos deben no pesar nada en la
balanza de los príncipes, sino por amor a vos, que grabéis en vuestra mente mis palabras
y las inflexiones de mi voz, que en las graves circunstancias en que estamos metidos,
tendrán cada una de ellas su significado y su valor, como jamás lo habrán tenido en el
mundo otras palabras.
––Escucho, ––repitió con decisión el príncipe, ––sin ambicionar ni temer cuanto vais a
decirme.
Dijo, y se hundió todavía más en los mullidos almohadones de la carroza, no sólo para
sustraerse fisicamente a su compañero, mas también para arrancar a éste aun la suposición de su presencia. Estaban completamente a oscuras.
––Monseñor, ––continuó Aramis, ––os es conocida la historia del gobierno que hoy rige los destinos de Francia. El rey ha salido de una infancia cautiva, oscura y estrecha como la vuestra, con la diferencia, sin embargo, de que en vez de sufrir, como vos, la esclavitud de la prisión, la oscuridad de la soledad y la estrechez de la vida oculta, ha pasado
su infortunio, sus humillaciones y estrecheces en plena luz del implacable sol de la realeza, anegada en claridad en que toda tacha parece asqueroso fango, en que toda gloria parece una tacha. El rey ha padecido, y en sus padecimientos ha acumulado rencores, y se
