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transportaba al momento en que habíamos abierto la puerta y encontrado las
cajas. Esto pasaba prácticamente todo el tiempo. Cuando Gera se estaba
duchando, o salían las publicidades de algún programa desde el televisor o
miraba para abajo desde el balcón se me venía a la cabeza la imagen de las
cajas apiladas y tapadas con una frazada atrás de una de las puertas de
nuestro placard. Incluso con Anita, con quien teníamos una conexión especial,
cuando hacíamos rebotar una pelota de goma, o le armábamos casas a
muñecos Playmobil o encastrábamos figuras geométricas tridimensionales en
un tablero con huecos, pensaba en el pasillo vacío después de que Gera lo
hubiera saqueado.
3.
Sin embargo, dos cosas cerraron el ciclo. En principio la gaseosa
terminó acabándose. Pero, sobre todo, el punto final se dio gracias a que el
robo fue descubierto. Y como no podía ser de otra manera atrás de la
resolución estuvo la cabeza calculadora del portero. Imagino que para él habrá
sido un Sábado de Gloria (el día de la resolución cayó un sábado). Sentado en
el hall, pacientemente, se lo comunicó a cada habitante del edificio: a cinco
departamentos por piso, sumados los quince pisos, eso da la capacidad de 75
departamentos, ampliamente una cifra por encima del centenar de personas.
Incluidos Gera y yo.
Ese día habíamos ido a Walmart a comprar algunas cosas y volvíamos
con bolsas en las manos. El portero estaba sentado con la puerta abierta.
Mientras esperábamos el ascensor nos salió al cruce:
– ¿Vieron quién se llevó las cajas?
– ¿Qué cajas? –le respondí.
– Las Coca Cola.
Miré alrededor esperando que no entrara nadie. Imaginé un espectáculo
indigno.
– No, ni idea.
– Los albañiles del octavo –sentenció. Lo miré con sorpresa.
– ¿Qué albañiles?
– Los que estaban haciendo una reforma en el 8° “C”.
– Na –dijo Gera.
– Sí –le respondió el portero– los vi por las cámaras de seguridad del hall.
¿Podés creer?
– No, increíble.
– Yo por eso les digo –siguió el portero con atribución– hay que tener mucho
cuidado quién entra acá.
Subimos por el ascensor, guardamos las cosas en la heladera y nos
tiramos a mirar televisión completamente sobreseídos. Por unos días nos
contamos varias veces la misma anécdota, siempre con el mismo remate: “los
hijos de puta de los albañiles”. En cuanto a la actitud del portero se la podría
abordar desde diferentes aristas de la psicología humana. Sin embargo, yo
creo que la cuestión es sencilla y tiene que ver más con una virtud que con un
defecto. Específicamente con la habilidad (por otra parte necesaria) de
posicionarse en relación con una temperatura social. En este caso la del

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