Las cajas Coca Cola.pdf

Vista previa de texto
Papeles veraniegos
1. Mar Azul
Después de doce horas de viaje, tres colectivos, dos trasbordos y una
tormenta eléctrica, Mar Azul es un lugar donde uno querría quedarse todo el
tiempo. Un lugar lleno de árboles y oscuridad, apartado de la vorágine turística
de Gesell, más allá incluso que el irreal (con su discreto encanto) Mar de las
Pampas. Pero para mí Mar Azul queda resumido en una casa millonaria
enclavada en la arena, de la cual fuimos echados inmediatamente después de
haber probado sus instalaciones millonarias. Víctor, el dueño de esa casa, en
principio fue una sombra que estuvo siempre pero como una posibilidad
fluctuante. Posibilidad de aparecer en cualquier momento y decidir cómo iba a
seguir nuestro viaje; de aparecer y llenar la heladera o incluso de no aparecer
nunca. Posibilidad también de aparecer con su novia, como finalmente pasó, y
echarnos a cualquier lugar de la costa atlántica. Y entonces Víctor también
terminó siendo la posibilidad de resignificar aquella charla primera que tuvimos
con Nicolás (cuando me recibió a las tres de la mañana después de haber
bajado del colectivo de línea que me llevó desde Gesell) en la sala de estar de
esa casa millonaria completamente ajena, como si fuera un chiste, una
propiedad privada a la cual por lo general no tenemos acceso. Resignificación
de un reposicionamiento que habíamos insinuado en relación con la
redistribución de la riqueza y que derivó, a partir de esa contingencia que
transformó a Víctor de una sombra posible en una persona de carne y hueso,
en la misma bandera de siempre que dice que si hiciste mucha guita (mucha)
fue a costa del empobrecimiento general, y que entonces por más que llenes
una heladera con cosas exóticas y botellas de Luigi Bosca no sos más que un
poco o mucho (una cuestión de grado) un hijo de puta. Esa bandera,
obviamente, después de haber usado la pileta climatizada, el sauna, la terraza
cercada con blindex, el fogón, si hubiéramos podido el jacuzzi, la mesa de
pingpong y los cuatriciclos que había en el garaje.
Antes del llamado de Víctor casi a la medianoche, anunciando su llegada
la mañana siguiente, la Casa (que fue el objeto de conversación constante y el
referente fotográfico principal) a mí ya me había empezado a generar cierta
angustia. Un mundo tan perfectamente pensado, que cierra por todos lados y
donde uno puede leer los signos del trabajo intelectual de un arquitecto muy
bien pago, los materiales elegidos, la inmensidad acotada de una casa de
verano, cada uno por momentos en habitaciones separadas, en el sauna o en
la pieza que tiene vista al mar, los ruidos casi imperceptibles del interior en la
Casa vacía me dio angustia. La llegada de Víctor la mañana siguiente condijo
con todo ese último estado de cosas.
Ni bien nos levantáramos, sabíamos, había que enfrentar a Víctor. La
primera imagen que tengo de él es desde el primer piso. Está al costado de la
pileta en zunga hablando con su criado paraguayo (que vive en una casita
adelante y con quien el día anterior compartimos un asado). La segunda es ya
una vez abajo, en la cocina: estoy parado mientras Vero (la hermana de Víctor,
por quien estamos todavía ahí adentro) agarra las cosas que nos vamos a
llevar (Vero, al igual que nosotros, está siendo echada). Víctor pasa por al lado
9
