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mío y no me registra. Vero entonces me presenta. Ahí Víctor se da vuelta y en
principio parecería mirarla de nuevo a ella. Entonces pienso que tiene la
convicción de no registrarme ni siquiera después de haber sido presentado.
Trato de entender qué cosa está mirando, si en efecto es a Vero o a qué cosa.
Recorro sus dos ojos y recién ahí veo que uno había hecho contacto visual con
mi cara, antes de que yo supiera que me estaba mirando. Nadie me había
dicho que había que mirar su ojo izquierdo, al parecer el único que tiene en
funcionamiento. Después supuse que es como una carta que uno esconde: él
sabe que me pierdo si me quedo con el ojo que mira a cualquier lado y ahí
tiene un segundo donde me saca una ventaja (supongamos que el otro es una
persona más importante que yo: hay una anécdota de la Casa repleta de
chinos, más de cuarenta chinos, que estaban ahí para cerrar un negocio).
Entonces le doy la mano sin posibilidad de decir nada, ni siquiera en relación
con lo espectacular que es la Casa (consejo que nos había dado Vero para
caerle bien) y después aparece su novia y extiende su mano para que se la
sostenga a modo de saludo y se la sostengo sin decir nada. Cuando la suelto
ella le dice algo a Víctor en paraguayo y entiendo que Víctor es un tipo
complejo que tiene un criado y una novia paraguayos y que no tuve el tiempo
necesario como para terminar de entender nada.
Cuando salimos de la Casa le digo a Nicolás que Víctor podría haber
sido pensado por David Lynch.
2. Chapadmalal
Chapadmalal es peronista. En 1947 la Fundación Eva Perón construyó
una serie de hoteles como parte de una política justicialista de Turismo Social
para que los chicos con menos recursos pudieran conocer el mar. Hoy están
esos hoteles, el casco peronista que se cierra en una capilla, algunas casas y
campos donde casi en su mayoría hay gauchos que viven todo el año una vida
rural. Para nosotros Chapadmalal fue una especie de caída de un mundo
ficticio y la inmediata entrada en otro no menos ficcional. De la casa millonaria
en Mar Azul, intempestivamente, fuimos llevados por un contacto laboral de
Nicolás a un campo con casi absolutamente nada: cuatro arbolitos más chicos
que una carpa mediana, un baño a cal y un silo donde vive un porteño de
treintaypico que hace unos años decidió establecerse ahí, criar caballos,
trabajar en una playa nudista, armar una banda de rock y hacer fiestas en lo
que él llama su rancho. “RANCHO” es también el nombre de la banda donde
canta y salta y grita, que lleva por logotipo una casa en llamas, en alusión a la
casa que en un principio había levantado en ese mismo campo y que uno de
los vecinos le prendió fuego y de la que hoy quedan solamente las ruinas. El
Ruso (Diego Ruso), así se llama, tiene la capacidad de transformar la visión
primera de un campo vacío y crudo en la posibilidad (que anida sobre todo en
su cabeza) de una transformación radical surgida desde abajo, de sus propias
manos, como todo en ese campo, el baño, el silo, una ducha que empezó el
día que llegamos, con cañas y hojas de palmera y que terminó con nuestra
ayuda el día que nos fuimos. Toda una serie de proyectos pasan por su cabeza
y quieren bajar cierta filosofía que está a punto de colisionar con intereses que
podrían desviarlo todo (la Rock & Pop, una ONG, algunos inversores privados)
y que el Ruso, no sin cierto conflicto interior, termina por espantar con los

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