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Las cajas Coca Cola
1.
Vivíamos en el quinto piso de un edificio céntrico, Geraldina, yo y
alternativamente su hija Anita, de tres años, que pasaba una semana con
nosotros y una con su papá, el ex marido de Gera. Tratábamos de llevar una
vida considerada normal. Íbamos al supermercado chino de la vuelta a hacer
las compras y volvíamos caminando por Yrigoyen. A veces nos iluminaba una
gigantografía de Nicole Neuman y Fabián Cubero, en blanco y negro, casi sin
ropa. Mi mentalidad de barrio periférico tuvo que acostumbrarse a esas luces
relativamente fuertes y a los estímulos constantes de las vidrieras. Dejábamos
el auto de la madre de Gera en una cochera y volvíamos caminando por las
veredas anchas de Alsina. Solíamos ir con Anita a restaurantes donde hubiera
juegos para nenes, principalmente uno en la avenida Alem. Gera sabía cocinar
un excelente pastel de papa. Algunos viernes que estábamos solos pedíamos
sushi.
Mi mentalidad de barrio periférico también tuvo que acostumbrarse a la
dinámica del edificio, con sus horarios para la recolección de basura, los viajes
en el ascensor con gente de los demás pisos (que funcionaban como un
género autónomo), y las charlas ocasionales y entrecortadas con el portero, un
hombre medio pelado y de tez negra de tipo hindú que cubría todos los
diálogos con un halo de secretismo.
La cuestión es que un domingo a la mañana abrimos la puerta para salir
del departamento y en el piso, bien paralela al umbral, había una caja Coca
Cola. Las cajas Coca Cola son como las cajas PAN de Alfonsín, pero
destinadas al sector social medio-alto: un pack con algunas botellas de
gaseosa. Miramos los demás departamentos y cada uno tenía su respectiva
caja. No fue difícil imaginar el edificio verticalmente con sus departamentos,
sus puertas y sus cajas Coca Cola, dispuestas de manera prolija por la noche
mientras todos dormíamos. Cuando entendí que la Coca Cola Company nos
estaba dando un presente, agarré la caja para llevarla a la cocina. Después me
di vuelta y vi que Gera venía con la caja de la puerta de al lado.
– ¿Qué hacés? –le dije.
– Agarro las botellas –me respondió y el enunciado sonó tan lógico que no
pude contestarle nada. Gera volvió a salir e hizo lo mismo con las demás cajas.
Una a una las fue metiendo en nuestro departamento. El piso quinto quedó
vacío de cajas Coca Cola. Los dueños o inquilinos todavía dormían. Cuando
salieran iban a vivir un domingo normal. Lo que les estábamos robando, más
que las cajas, era la posibilidad de presenciar en carne propia las ruedas
aceitadas del capitalismo.
2.
Obviamente el robo quedó en evidencia ese mismo día. En las charlas
de ascensor el motivo del clima rápidamente fue reemplazado por el del regalo
5
