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Life, cap. II, p. 37). Seguramente quería persuadir al pueblo de que su creencia debía ser
adoptada a causa de ser la mejor de todas, pero no obraba así por tolerancia, respecto a otras
convicciones, sino en tanto que no se aferraban al politeísmo. Lejos de denunciarlas como
habiendo encontrado una falsedad, las escrituras zoroastrianas las describen como religiones
«mejores» (que otras), y por comparación con la creencia mazdeyánica, invariablemente
presentada como la mejor. En ninguna parte en estos textos se podría encontrar la menor
huella de oposición contra aquellos que no abrazaban la fe del profeta; ninguna alusión
tampoco al hecho de que los buenos y los piadosos se encontrasen exclusivamente entre los
fieles zoroastrianos. Por el contrario, es admitido abiertamente que, incluso fuera de su recinto,
existe sin duda alguna una piedad digna de respeto. El Fravar din Yasht establece una larga
lista de gentes notables por su virtud y su piedad, que vivieron antes, sea en el mismo país sea
fuera de él. He aquí en qué términos sus espíritus son invocados, tan sólo para que su ejemplo
fuese seguido: «Apelamos a los espíritus de los hombres piadosos y de las mujeres piadosas,
no importa donde hayan nacido; a los espíritus de aquellos que, en el pasado, han seguido la
buena religión y de aquellos que la siguen actualmente, y de aquellos que a través del porvenir
la seguirán a su vez». Una confianza tan sólida en la supremacía de la verdad, como en la
rectitud de las doctrinas predicadas por Zarathustra, una semejante tolerancia en una época en
que no existía otro derecho que la fuerza, y en que el profeta, sostenido por el poderoso
Vishtaspa, el rey que había adoptado sus creencias, hubiera podido pedir a toda la fuerza del
Estado que asegurase la propagación de su doctrina, es, indudablemente, la prueba más
notable no solamente de su gran tolerancia, sino de confianza en lo que de sublime tenía su
doctrina; al mismo tiempo que la más elocuente ilustración de la magnanimidad del profeta que
la instauraba.
Claro que aunque no hubiese sido así y los grandes profetas hubiesen dado pruebas de
intolerancia, lo que en ellos al fin y al cabo tendría explicación, no en los que sólo por fe ciega
en sus fantasías son víctimas de los más atroces fanatismos y hasta de los odios más
injustificados. Y conste que al decir esto estoy pensando, olvidando otros muchos, en el
vergonzoso espectáculo que en pleno siglo XX están dando protestantes y católicos al Norte de
Irlanda. En cuanto al zoroastrismo, creo que se pueden sentar, sin miedo a grandes errores,
como ya lo hizo Byberg, las afirmaciones siguientes: Existencia en el Irán oriental de una
comunidad zoroastriana antes incluso de la llegada de los acheménides (9); expansión del
zoroastrismo hacia el Oeste durante los siglos que precedieron inmediatamente a nuestra era;
progreso bien marcado bajo los arsácidas; primera tentativa de crear un canon en tiempo de
los Vologesos; fuerte renacimiento cuando los sasánidas, y, finalmente, desaparición como
religión del Estado e incluso como religión, o casi, al llegar al Irán los musulmanes a principios
del siglo VII.
Y volvamos con nuestro personaje empezando por hacer, antes de meternos con su
biografía, algunas consideraciones previas.
Hasta Zoroastro todas las ya innumerables religiones eran apócrifas por decirlo así;
carecían además de autor, pues se habían ido formando en el tiempo por obra de la fantasía de
los hombres lanzada por el camino de lo desconocido, a favor de dos poderosos impulsos: el
miedo y la necesidad de ayuda. Y ello a causa de ser el hombre el único animal que acertó a
pensar y consiguientemente a darse cuenta de que ante ciertos peligros tal vez hubiese un
medio de protección distinto del instintivo que ofrecía la huida, tanto más cuanto que esta
misma era ineficaz ante ciertos de ellos, tales que los cataclismos naturales contra cuya
violencia toda su fuerza, velocidad y previsión eran inútiles. Este pensamiento vago, pero
repetido en una y otra ocasión desdichada, unido al terror mismo le indujo sin duda a doblar las
rodillas en son de súplica, naciendo, al hacerlo, el primer conato religioso al que luego poco a
poco la fantasía y el interés continuarían dando alas; alas que a fuerza de siglos irían tejiendo
