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en la fiel comunidad de los Guebres que, perseguidos, quedó su número reducido poco a poco,
y en la de los Parsis, que prefirieron emigrar a la India antes que renunciar a su religión.
Pero ya había tenido tiempo de influir en varios movimientos religiosos importantes, el
primero de ellos el budismo. Así, cuando esta doctrina se renovó a principios de la era cristiana
sustituyendo una doctrina de acción a la anterior contemplación piadosa, lo hizo bajo la
influencia del Irán. Los nombres, casi todos de carácter abstracto y espiritual, nacidos y
empleados para designar a ciertos Budas, la naturaleza del Paraíso prometido a los elegidos,
la apelación dada al Mesías que debía venir a predicar la salvación del Mundo: Maitreya (el
nacido de Mithra), son, como observa Silvain Levi (La India y el Mundo), «otras tantas ideas,
creencias y nombres que la India no explica, que son tan extrañas al brahmanismo como al
budismo antiguo; pero ideas, creencias y nombres que son familiares al Irán zoroastriano, del
cual han pasado ya hacia el oeste, al judaismo de los profetas, y de allí a la doctrina del
cristianismo».
Y no sería todo. «La Perfección de la sabiduría», Pagjña-Paramita de los Budas, ¿no es
acaso este Conocimiento, esta Sabiduría, Gnosis (palabra en la que se encuentra la misma
raíz indo-europea, gno: saber), que tanta importancia tendría en el oriente mediterráneo y en el
mundo greco-latino de los primeros siglos de nuestra era? ¿Y acaso la religión sasánida no
tenía en común con la gnosis, como señaló Nyberg (Periódico asiático, julio-septiembre, 1931)
todo un conjunto de ideas especulativas que recuerdan al punto otras gnósticas bien
conocidas? La idea inicial y central del gnosticismo: la trasposición de la idea de liberación por
un Salvador en un plan puramente espiritual y moral; la liberación así mismo de los lazos de la
materia; la antítesis entre los sentidos y la razón, entre la Materia y el Espíritu, entre la
Pluralidad y la Unidad; la misma idea de salvación, que mucho antes del nacimiento del
cristianismo era ya una idea central del zoroastrismo, y hasta la noción de un Salvador (el
Saoshyant avéstico, inspirador y modelo también de los numerosos Soter greco-romanos y de
otros cultos del Oriente medio), ¿qué eran sino préstamos zoroastrianos pasados a religiones
posteriores? ¿En dónde, además, bebió y se inspiró asimismo el maniqueísmo que tanta
fortuna tuvo no sólo en parte de Europa, sino en Asia Menor y en África del Norte? En fin,
aunque perseguido, el zoroastrismo tenía tanta fuerza, tal fecundidad y tal originalidad en el
campo de las ideas religiosas, que hasta de su peor enemigo, el Islamismo, pudo vengarse
produciendo una profunda brecha en esta religión a la que había prestado, a través del
judaismo y del cristianismo en que tan abundantemente había bebido su Profeta árabe, el
chiismo, mediante el cual la Persia musulmana tomaría su desquite sobre los árabes,
constituyéndose en doctrina independiente. Mucho más (arde aún, el babismo y el bahaísmo,
en pleno siglo XIX, harían resurgir la fe en el Saoshyant iranio, probando que el elemento
esencial de la doctrina zoroastriana permanecía vivo. Total, y es lo que conviene no olvidar, que
las doctrinas del profeta iranio fueron durante tres mil años un manantial fructífero, una rica
fuente de elementos religiosos, el abrevadero más importante de doctrinas e ideas a las que
con tanta ignorancia sobre su origen, como buena fe, se unirían durante muchos siglos
millones de creyentes.
Probada la importancia de esta religión como fuente de fecundas ideas que de ella
pasarían a otras grandes religiones posteriores, digamos algo de su inventor, Zarathustra o
Zoroastro, como fue transcrito su nombre en griego, que el imaginar una doctrina fundada en la
lucha entre dos dioses, uno bueno Ahura Mazda (Ormuzd), y otro malo Angra Maínyús
(Ahrimán), descubrió como acabamos de ver una cantera de donde sacarían elementos muy
importantes las principales religiones posteriores (7).
De Zarathustra, de la antigua familia de los Spitamas (8), se sabe muy poco. Pero sí que
por voluntad suya, puesto que tal dijo y tal fue creído, su descendencia tendría gran
