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NOTICIA PRELIMINAR
ZARATHUSTRA Y SU DOCTRINA
Cuando gracias a Anquetil Duperron empezó a conocerse a fines del siglo XVIII la religión
de los parsis, de la que apenas se tenían noticias en Europa, y cuando gracias a él, es decir, a
las traducciones que hizo de los textos relativos a esta religión, y a los estudios, así mismo,
sobre ella de otros grandes orientalistas, se supo que el Mazdeísmo o Zoroastrismo había sido
no tan sólo la primera de las grandes religiones, sino la fuente de la que había tomado el
judaismo, y gracias a él el cristianismo y más tarde el mahometismo, ciertos de sus dogmas
más importantes, muy especialmente en el terreno de lo escatológico, así como lo mejor de sus
ideas morales, la reacción fue una vez más tan inmediata como torpe, a causa del apasionado
e imperfecto conocimiento de la cuestión de los que por defender su doctrina se atrevieron a
afirmar que el profeta del Irán se había servido de las enseñanzas judías para establecer las
suyas, cuando la verdad de lo ocurrido había sido exactamente todo lo contrario (1), como al
punto fue perfectamente demostrado: o sea, que entre la religión judía antes del destierro en
Babilonia y la que siguió a este destierro una vez que los sacerdotes judíos entraron en
contacto con sus congéneres iranios y conocieron la doctrina de Zarathustra (2), hay la misma
diferencia que entre la cara y la cruz de una moneda; y que la cara de ésta, es decir, lo que
aprendido en Persia por los judíos pasó de éstos al cristianismo y posteriormente al
mahometismo es, aparte de otras cosas de menor importancia, todo lo relativo a la inmortalidad
del alma, la resurrección de los cuerpos, la creencia en el juicio final y otros supuestos tales
que la existencia de lugares de recompensa y castigo (Paraíso e Infierno), nociones hasta
entonces absolutamente desconocidas por los seguidores de Yahvé, sin contar otras tales que
la esperanza en un Salvador del que el Saoshyant persa había sido la primera edición, así
como el aceptar el «dualismo» (3), es decir, admitir frente a una potencia buena otra mala
oponiéndose a su obra, único medio de justificar, o tratar al menos de hacerlo, la presencia del
mal en un Mundo obra de un Dios bueno. Pues bien, todo esto al primero que se le ocurrió fue
al profeta iranio (4), de él pasó a los judíos, y a través de éstos al cristianismo y al islamismo,
como acabo de decir.
Por su parte el zoroastrismo, bien que influido a su vez por elementos primitivos (5) e
irano-hindúes, fue una religión nueva que a causa de su cosmología, su cosmogonía, su
apocaliptismo inmanente y su idea de «salvación» contribuyó más que toda otra a la gran
revolución del pensamiento religioso que se inauguró en el Antiguo Testamento con el deutero
Isaías, Malaquías y Daniel. Promovida a religión de Estado con los arsácidas (225 antes de
nuestra era, 226 después de ella), sus escrituras sagradas fueron objeto entonces de una
primera compilación de la que no se sabe gran cosa sino que ciertamente existió. Parece ser
que su primer canon comprendía los Gathas antiguos Yasts o Yasnas de la época achaménide
(6), y el Vendidad sadé cuya redacción se sitúa hacia la segunda mitad del siglo II antes de
nuestra era. Desde entonces el zoroastrismo tuvo su doctrina, su «Biblia» y sus fieles, entre los
cuales los monarcas vologesos. El advenimiento de la dinastía sasánida (225-652 después de
nuestra era), inauguró para el zoroastrismo un período nuevo. Continuó siendo la religión del
Estado, pero Ardashir Papakán, fundador de la nueva monarquía, «rehízo» un Avesta más
amplio con ayuda de Tansar, su gran sacerdote. Su sucesor, Shapur I, insertó, según la
tradición persa, elementos extranjeros tomados al helenismo y a la India. Con ello, el canon de
las Escrituras parsis quedó constituido y la jerarquía fijada, con lo que ya el zoroastrismo oficial
no sufriría modificación alguna hasta la llegada del Islam. Entonces (651), la religión del profeta
iranio sucumbió ante la del nuevo, el antiguo camellero árabe tan favorecido, a creerle y a los
que le seguían, por Alá, tercera faceta de Yahvé, dejando de ser la religión del Estado que,
como siempre ocurre, le había dado un carácter jurídico y formalista a expensas de la amplia
moral que había constituido su originalidad, siguiendo, no obstante, viva en su forma primitiva,