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importancia en algo de tanta monta, para los que estiman estas cosas, claro está, como lo que
afecta al «Fin del Mundo». Y ello porque de estos descendientes saldría el ya mencionado
Saoshyant (el Salvador), cuya aparición anunciaría la próxima llegada del famoso Juicio final,
tras el cual vendría la instauración definitiva del Buen Reino de Ormuzd. Por lo demás,
empezando por lo que afecta a la cronología de Zoroastro, tan sólo se se han hecho y se
pueden hacer conjeturas; y por ello el que varíe entre fechas tan distantes como 1200 y 530
antes de nuestra era. En todo caso lo que sí parece que se puede asegurar es que Herodotos
(486-406 antes de nuestra era), no tuvo noticias de él, pues de otro modo le hubiese
mencionado y hasta adornado, según su costumbre, con alguna pintoresca leyenda. Por
supuesto, ello no prueba en modo alguno que Zoroastro y el zoroastrismo, aquél no hubiese
existido y éste no fuese ya una creencia admitida, pero sí, que de haber entonces, como
parece probable, partidarios de esta doctrina, tal vez permaneciesen aún confinados en algún
cantón lejano, no habiendo invadido todavía sus creencias el Irán occidental. También sabemos
que Zoroastro era conocido en Asia Menor en la época de Platón, puesto que éste le nombra
en el Alkibiades, y es todo. Otros testimonios helénicos no pueden ser tomados en
consideración; pues no sólo confunden, por ejemplo, Zoroastro con Zervan (el Tiempo) , sino
que lo poco que enseñan no concuerda en modo alguno con la doctrina de los Gathas. Sí nos
sirven, en cambio, para probar que Zoroastro era conocido en los círculos instruidos de Grecia
en el siglo IV, que ya era célebre fuera del Irán, y que incluso empezaba por entonces a ser
mitificado, destino común a todos los personajes fuertemente ligados a lo religioso, muy
particularmente, y esto sin excepción, los fundadores de creencias de este carácter. También
sabemos que los arsácidas (255 antes de nuestra era, 226 después de ella) eran totalmente
partidarios de las doctrinas de Zoroastro.
Nada, pues, parece oponerse a que Zarathustra, como opinan actualmente los
orientalistas más notables, hubiese vivido entre los años 660-580 antes de nuestra era, o sea
como afirma la tradición persa, que asimismo hace saber que era un hombre bueno, humano y
compasivo. El hecho, por otra parte, de que manifestase cierta intolerancia doctrinal, hay que
atribuirlo a ser este fenómeno constante en todos los fundadores de religiones; y aun esto,
como vamos a ver, no es seguro, puesto que un carácter francamente racional se advierte sin
dificultad en la enseñanza de Zarathustra: canta ante el pueblo las alabanzas del Señor, entona
himnos al Buen Espíritu, apremia a cada uno, hombre o mujer, a escoger su creencia.
«Descendencia de antepasados famosos, ¡despertad para poneros de acuerdo con nosotros!»
He aquí con qué términos, en el curso de una de sus alocuciones recurre al buen sentido y a la
comprensión del auditorio (Yasna XXX). Es con ardor, con insistencia como pide a sus
discípulos no admitir por pura confianza ningún dogma o doctrina, como tantas veces se suele
hacer muy particularmente por los indiferentes en cuestiones religiosas, esos muchos que
aparentemente parecen pertenecer a esta o aquella creencia, pero de la cual no se acuerdan
sino en eso;; momentos en que las costumbres o incluso las leyes, exigen ciertas formalidades
para conferir determinados derechos, o en esos cases de tal modo graves que no existiendo
para ellos salvación en la Tierra se acuerdan de que alguna vez les hablaron de que existía un
Cielo. Asimismo Zarathustra aconsejaba no conceder tampoco a doctrina alguna sumisión
ciega e irrazonable, sino invocar la asistencia de Vohu Manah, el espíritu bien ordenado, y
aceptar su enseñanza o rechazarla luego de haber examinado con calma todos los argumentos
tanto en íuw» eoaio en contra: «Escuchad con vuestros oídos lo mejor (de cuanto se diga); que
vuestro espíritu considere las creencias que elijáis; pero que cada uno, hombre o mujer, piense
por sí mismo.» A propósito de la actitud que este profeta eminentemente tolerante había
adoptado respecto a su religión tribal, el doctor Gore señala con mucha razón que Zarathustra
no parece haberla combatido, a no ser cuando se asociaba al vicio. Se esforzaba, tan sólo por
hacer efectiva la reforma, proponiendo que se le diera impulso en primer lugar a favor de la
ofrenda y el profundizamiento de los mejores elementos de la tradición, aquellos que la luz
interior le mostraban como constituyendo únicamente la verdad (The Philosophy of the Good