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su bondad, omnipotencia, liberalidad e inclinación hacia los hombres santos, merecía ser
adorado y toda clase de alabanzas y sacrificios; que es lo que aconseja Zarathustra en el resto
del capítulo.
En el XLVI, le oímos exponer sus angustias y sufrimientos. Es pobre (las yeguas de precio
con sus machos, y el camello no han llegado aun); y como además le escuchan pocos,
desesperado exclama y pregunta para empezar: «¿En qué tierra estableceré mi religión que
aquí es rechazada?» Y vuelve a pedir a Mazda que le ayude «como un amigo ayuda a su
amigo». Pues había, por lo visto, «un hombre malo, un gobernador perverso dotado de malos
poderes», que hacía cuanto podía para que no prosperase el ganado de Zarathustra y de sus
partidarios, y contra el cual pide insistentemente ayuda a Ahura. Por fortuna, el Dios le había
deparado a otro hombre poderoso, a «Kavi Vistaspa el heroico». Y además contaba también
con los Haekat-aspas, Spitamas, «que sabían discernir lo legal de lo ilegal». Más los Hvogvas,
a todos los cuales Zarathustra estaba dispuesto a dirigir cálidas alabanzas «con versos
medidos, no con líneas desiguales», pues como Zarathustra era poeta además de místico,
como San Juan de la Cruz, empleaba su arte para valorar cuanto escribía (más tarde, Mani, un
ilustre discípulo suyo, éste además de profeta pintor, ilustraría con dibujos y colores sus
fenomenales y pintorescos extravíos religiosos). Tras lo anterior acaba el capítulo asegurando
formalmente que todo el que le ayuda en la cruzada contra los malos, recibirá recompensas
«más allá de este Mundo». Porque el profeta sabía muy bien, como varias veces he dicho
traduciéndole, que fuera de este Mundo había otro mejor y donde la vida, para los santos, era
infinitamente más agradable y larga. Como sabía (pero esto lo dice ya en el gatha siguiente).
Gatha XLVII, que a él Ahura Mazda le daría «los dos mayores dones: inmortalidad y el
bienestar universal, como premio a conservar Su Recto Orden en palabras y obras». También
nos enteramos por este gatha, es decir, por Zarathustra, que la Benéfica Inteligencia de Ahura
«habita, por gracia suya, en el interior de Sus profetas»; que Aramaiti, la Piedad, «tiene dos
manos» (sin duda para repartir con más diligencia sus dones); que el Recto Orden de Ahura,
también por voluntad suya «está dentro de nuestras vidas» (la de los hombres santos, claro);
que la generosidad de Ahura concedería a Kine abundantes y ricos pastos, y que su liberalidad,
como ya nos ha dicho en otras ocasiones, «dispensaría no sólo bendiciones y premios a los
buenos, sino grandes daños a los malos, enemigos de la fe». Y, en fin, que todo ello había sido
dispuesto por obra de su justicia.
En el capítulo siguiente, el XLVIII, la inquietud y el temor (pues por él se comprende que la
lucha está ya empezada), parecen hacer vacilar por momentos su confianza en que Ahura le
ayudaría a vencer (sin duda los otros habían empezado zurrándolos) , porque tras proclamar
en el primer párrafo (probablemente para animarse a sí mismo), la «realidad de la vida
inmortal>, en el cuarto, no queriendo alcanzarla todavía, pregunta angustiado a su gran
protector celestial, cuál será el resultado de la lucha, resultado que le permitirá como él dice:
«llegar a ser jefe de tus tribus». Entre tanto y mientras «no conozca el resultado», debe
«confiar y rezar para que obtengan el poder los reyes honrados», y para que Kine (los
ganados) sean más abundantes «para felicidad de sus hogares». Esto se lo pide muy
particularmente a la benéfica Aramaiti; y tras ello a Ahura de nuevo, «que le conceda fuerza
perdurable» a él, y a los «prados, hierbas abundantes». Y ya, para que la felicidad sea
completa, pide aún a su divino protector «que en la contienda venidera sean asesinados sus
dos mortales enemigos» y con ellos su protector el Demonio de la Furia y de la Rapiña.
«¿Cómo te imploraré el don de esta victoria? ¿Cuándo se cambiará la fe, toda esperanza, en
realidad visible? ¿Cuándo vendrán los hombres de mente perfecta? ¿Cuándo—en recompensa
a su piedad—la Justicia llegará triunfante trayendo abundantes pastos y con ellos felicidad a
los hogares, es decir, la garantía de una vida al fin tranquila?» Buscando la «oración poderosa»
que mueva a Ahura a escucharle con objeto de que llegue hasta él y los que le siguen su Santo