El Avesta.pdf

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creado, Ahura vendrá con su Espíritu bondadoso y todo su Poder soberano, y que en su
nombre, Aramaiti pronunciará reglas de salvación emanadas del Entendimiento supremo.
Luego, siguiendo en su admirable desvarío, asegura también que supo que Dios era liberal y
generoso, cuando la Obediencia, su mensajera, se acercó a él y le interrogó de este modo:
«¿Quién eres? ¿A quién rindes homenaje?» Y que cómo podría justificar sus pretensiones. A lo
que él contestó: «Que le gustaría ser fuerte, poderoso castigador y atormentador de los
malvados, y de los justos ayuda y alegría, puesto que pensaba dedicarse a preparar el Reino
de Mazda.» Y añade, víctima feliz de total desvarío, «que aprendió que Ahura era liberal
cuando se acercó a él su mensajero y le preguntó: ¿Para que deseas obtener conocimientos y
para qué conseguir beneficios?» Tras ello pide a Mazda que le conceda espíritu de justicia y
prontitud mental; pues por su mensajero había sabido también la suerte que le aguardaba:
«sufrir entre los hombres». Lo que había aceptado dispuesto a hacer por su Dios lo que éste le
dijese que era lo mejor (lo que más le convenía). También supo por Sraosha (la Obediencia),
cuando ésta se acercó a él, lo que tenía que decir a las multitudes para convencerlas de los
deseos de la Divinidad. Naturalmente, para poder conseguir iluminación espiritual, vuelve a
pedir ayuda. Y como pago a sus desvelos por ayudar a su vez al Todopoderoso, solicita le sea
concedida larga vida, y que «ningún osado pueda apartarle de Ahura, por la fuerza»; más ser
conducido un día al codiciado Reino (celestial).
El capítulo XLIV está integrado por una serie de preguntas que Zarathustra, lleno siempre
de deseos de saber, hace a Ahura Mazda, algunas muy curiosas: «¿Quién fue el primer padre
por obra de generación? ¿Quién marcó al Sol y a las estrellas su camino invariable? ¿Quién
fijó las leyes mediante las cuales crece y mengua la Luna? ¿Quién sostiene la Tierra desde
abajo y quién sujeta a las nubes desde arriba para que no se caigan? ¿Quién hizo las aguas y
las plantas? ¿Quién unció los vientos a las nubes de tormenta para que se muevan a gran
velocidad? ¿Quién inspira los buenos pensamientos a las almas?» Estas y otras cuantas cosas
que pregunta sabe muy bien que fueron obra del Creador Omnipotente, pero sin duda le
gustaba, interrogándole sobre ello, demostrarle cuánto le admiraba al oír cómo le repetía: Yo,
Zarathustra. Yo también, ¡oh santo Zarathustra!, etc. Luego vienen otra serie de preguntas de
tipo religioso, destinadas a confirmar su fe y su adhesión al Gran Creador de soles y estrellas; y
por aquello, sin duda, de que entre col y col, lechuga, en el párrafo 18 desliza como quien no
quiere la cosa, esta otra preguntilla: «Dígnate decirme con claridad cómo lograré el premio
establecido por Tu Recto Orden (a los que como yo te sirven): diez yeguas de mucho precio
emparejadas con sus machos, y un camello, signos éstos de honor y de bendita abundancia
para tu jefe.» Lo que prueba que cuando se le enfriaba un poco el misticismo y volvía a la
Tierra, Zarathustra no olvidaba que nada calienta mejor en ésta que la abundancia y el
bienestar. En todo caso sabemos gracias a su justo deseo, lo que bastaba para ser rico
entonces en aquel rincón de la Bactriana.
En el gatha XLV, Zarathustra vuelve a plantear la cuestión del «dualismo». En efecto,
dispuesto a decir, como asegura, cosas grandes e importantes, ruega le escuchen todos, «los
que venís de cerca como los que venís de lejos», con la mayor atención. En efecto, la cosa
vale la pena, oigamos: «Sí, hablaré de los dos primeros Espíritus del Mundo, de los cuales el
más bondadoso dijo así al más dañino: Ni nuestros pensamientos, ni nuestros mandamientos,
ni nuestra inteligencia, ni nuestras creencias, ni nuestras obras, ni nuestras conciencias, ni
nuestras almas están de acuerdo en nada.» Palabras mediante las cuales el profeta iranio
estableció la separación más total y completa entre los dos dioses que había imaginado; dioses
por otra parte, y es detalle también genial y muy importante en esta cuestión, espirituales (pues
como diría más tarde Marción, otro gran iluminado, siendo la materia impura, imposible que un
dios tenga contacto con ella); es decir, dioses enteramente distintos de los imaginados hasta
entonces y de los que aparecerían después hasta la llegada del Dios «espíritu puro» de la más
importante de las religiones actuales. Naturalmente, este Dios y no otro era el que a causa de
