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consiguiente la salvación de los que escojan la vía del bien, no simple resultado de sus buenas
obras, sino de haber ayudado con ellas al dios bueno, al triunfo del Bien y a la instauración,
definitiva y eterna ya, de éste en el Mundo.
En el capítulo o gatha XXXI, empieza Zarathustra asegurando que todo lo anterior «lo
repite de memoria según lo aprendió». ¿De quién? No lo dice, pero no es difícil adivinarlo.
Pensemos en otros fundadores de religiones (el Buda, por ejemplo, que destinado a suceder a
su padre en el trono, abandonó todo, incluso a este padre y a su mujer y a su hijo recién
nacido, por dedicarse, mendigando, a enseñar a los hombres el medio de librarse del «dolor»;
o en Mahoma que, a su vez, era visitado por el ángel
o arcángel Gabriel al que también veía y oía, y el que le decía, de parte de Alá, el Ahura
Mazda islámico, lo que tenía que hacer), y démonos cuenta, sí, sin necesidad de ser
psiquíatras, quién había sido el maestro de Zarathustra. Luego, tras insistir lleno de entusiasmo
místico (y tras asegurar lleno de fe en sus ensueños, que está dispuesto a empezar su
campaña en favor de Ahura Mazda, con su ayuda, por supuesto, rogándole le ayude con la luz
de los videntes), en que Ahura y demás Espíritus buenos se pondrán de su parte y seguirán
ayudándole a discernir el bien, y con ello «saber lo que puede ser y lo que no puede ser»,
declara que la primera imagen que tuvo de Ahura «fue la del más digno de ser admirado
espiritualmente, a causa de la Creación». Y que ello y todas sus demás excelencias vinieron a
su mente, «cuando te contemplé—como dice textualmente—con los ojos iluminados».
Inmediatamente asegura que Kine (el alma del ganado), puesta a elegir también por voluntad
de Ahura, se decidió a meterse por la senda trazada por éste. Y que al punto empezó la lucha
(entre ambos dioses, el bueno y el malo). Pero como para Ahura «no hay nada oculto»,
Zarathustra decide hacerle algunas preguntas: tales, por ejemplo, que en lo futuro, qué
ventajas se obtienen obrando bien, o sea, qué recompensas esperan a los justos y cuáles a los
malvados; cuál será el medio para llegar a ver a Ahura Mazda y qué religión es la mejor y más
elevada. Acabando por aconsejar (a los que se supone que le escuchan), que sigan a Ahura
Mazda que les dará inmortalidad y prosperidad eternas, y que huyan del Espíritu malo, pues a
los que le siguen, les aguarda una larga vida de oscuridad, de alimentos inmundos y de
pésimas compañías. (La piadosa fantasía de los magos en cuyas manos cayeron estas
afirmaciones, imaginaron infiernos con tales detalles en cuanto a estas excelencias, que
leyéndolos se deplora que no tuviesen razón y les alcanzase algo.) A retener de este yasna: la
naturaleza y calidad de la fe de Zarathustra por obra de la cual está dispuesto a hacer cuanto
sea necesario por un Dios, además de todopoderoso, salido de su imaginación; que por obra
de esta misma fe y extravío, está seguro de que los que sigan a Ahura serán recompensados, y
que los que, por el contrario, se pongan de parte de su enemigo, castigados, e incluso en qué
consistirán, de modo general, estos premios y castigos; la manera de hablar cual si para él no
ofreciese duda alguna, lo total y absolutamente desconocido, es decir, cuanto afirma a
propósito de un dios obra enteramente de su imaginación, y del cual conoce (naturalmente,
puesto que lo va inventando), cuanto hizo, más sus propósitos tanto presentes como futuros.
Es decir, inaugurando con ello esa manera de hablar de lo imposible de conocer, que luego
siguió siendo la norma de todos los inspirados de tipo religioso, en determinadas religiones. En
fin, al afirmar en el párrafo 11 que Ahura Mazda no sólo dio al hombre entendimiento
haciéndole con ello partícipe de la Inteligencia divina, «sino unos preceptos con los que
pudiésemos ordenar nuestras acciones libremente», entró en circulación por primera vez, tal
parece al menos, la teoría del libre albedrío.
El gatha XXXII a cuyo principio hay una importante laguna, está destinado a manifestar el
temor y odio (la palabra «venganza» suena varias veces en los gathas) que Zarathustra siente
hacia un personaje poderoso, jefe de tribu o hacendado rico que, según afirma con insistencia,
partidario del Malo, es su gran enemigo y se opone a él y a lo que predica. Todo en este yasna