El Avesta.pdf

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otro, no hay medio alguno de saber. Y por si aún se duda, vamos a recorrer rápidamente, ello
bastará, estos «gathas», fijándonos en su esencia y señalando su medula; lo que por otra parte
contribuirá a facilitar después su lectura, desde luego nada fácil, pues, por una parte, el estado
de los manuscritos, por otra el estar escritos en un idioma (el mencionado pehlvi) ya
desaparecido, ser su sintaxis tan diferente de la de los idiomas modernos, y, en fin, el que,
como todos los textos sagrados de cualquier religión, copias de copias, ofrezcan, además de
lagunas que hay que llenar interpretando a favor de lo que antecede y de lo que sigue aquello
que falta (lo que justifica los innumerables paréntesis que encontrará el lector); todo ello, como
digo, hace la lectura de estos «gathas» bastante difícil, y que, pese a todo lo que se ha hecho
por reconstruir lo que escribió el profeta iranio, sólo muy imperfectamente ha podido
conseguirse. Sin contar que sobre sus palabras, además de todo lo anterior, han pasado
muchas vicisitudes históricas, más el equivocado celo de aquellos en cuyas manos cayeron
sus escritos, todo lo cual ha hecho que estén como están en la actualidad. No obstante, y pese
a todo ello, su diferencia en cuanto a tono, estilo y contenido (repito que Zarathustra era un
extraviado genial), respecto a los demás capítulos del Yasna y a cuantos textos constituyen el
Avesta, es tal, y tal su «ingenuidad», que no hay dificultad en admitir que, en efecto, son lo
único del profeta iranio que figura en lo que pasa por su religión. Pero veámoslo de cerca un
poco, como digo.
***
En el Yasna XXX, sintiéndose Zarathustra en posesión de grandes verdades y dispuesto a
enseñarlas, pide que le presten la mayor atención y abran bien ojos y oídos con objeto de
aprender, (verdadera novedad religiosa), lo relativo a la existencia de «los dos Espíritus
primitivos» que actuaron combinando «sus esfuerzos opuestos» para crear y disponer la
ordenación y marcha del Mundo, «siendo cada uno de ellos, sin embargo, independiente en
sus obras». Obras entre las cuales hay que escoger con el mayor cuidado, porque «cuando se
reunieron al principio de las cosas para crear la vida y la esencia de vida (¿el alma?), y para
determinar cómo debería ordenarse el fin del Mundo, destinaron la peor vida (el Infierno), para
los malos, y el mejor Estado Mental (en el Cielo), para los buenos». Luego, «cuando cada uno
hubo terminado su parte en la obra de la Creación», formaron su reino, «perfectamente
separado y distinto el uno del otro». De ellos, uno, a base de mal y teniendo como ayuda y
compañera a la Mentira; el otro, el bien, y ayudándose a su vez de la Justicia. Al punto
formaron su corte, el uno de dioses-demonios, el otro de ángelesdioses, éstos capitaneados
por Aramaiti (la justa Piedad), el Poder Soberano, el Buen Espíritu y el Orden Recto. Con lo
que la creación de Ahura Mazda, el Espíritu mejor, resultó «sin falta ni mancha» puesto que de
él procedía todo lo bueno, todo lo justo y todo lo santo. Y empezó la lucha entre ellos, en ayuda
de la cual los hombres deben ponerse y sumar sus esfuerzos en el bando que escojan.
Zarathustra, por su parte, asegura que va a «ayudar» al pueblo de Ahura. Es decir, a los que se
decidan por él. Y que «una vez que haya alcanzado la perfección, a descargar el golpe
destructor sobre el Demonio de la Falsedad, y que sus secuaces perecerán con él, con lo que
los justos, los santos, los que marchan por el camino del bien, se reunirán en la mansión de
Ahura el Buen Espíritu». Finalmente da a escoger entre «el largo tormento que espera a los
malvados y las bendiciones que esperan a los justos como herencia y merecida recompensa».
Por consiguiente (y es lo digno de ser retenido de este capítulo): Que Zarathustra cree como
todos los grandes iniciados, y por ello no duda en afirmarlo, estar en posesión de positivas
verdades y dispuesto a enseñarlas. Que la primera de estas verdades es la existencia de dos
Espíritus primitivos y opuestos que crearon y ordenaron el Mundo (con lo que nace el sistema
llamado dualista). Que así mismo, cuando se reunieron al principio de las cosas para crear «la
vida y la esencia de vida», determinaron también cómo sería el fin del Mundo. Y que dispuestos
a triunfar cada uno con sus armas, las del bien el uno, las del mal el otro, empezó la lucha,
lucha en la que los hombres deben intervenir en favor del dios que escojan. Siendo por
