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Y empezada la lucha durante la que cada vez el profeta está más seguro de la justicia y
poder de Ahura (como canta en el gatha XXXI), ésta sigue en medio de reveses (como se ve
en el XXXII), donde ya se menciona a un jefe rival. Grehma, aliado, a creer a Zarathustra que
llevado de su extravío místico no lo duda, del Malo. Mas el profeta no pierde la esperanza y
pide en el gatha XXXIII, a su dios, que le instruya para poder combatir mejor. Siguen nuevas
súplicas acompañadas de nuevos ofrecimientos (pues Zarathustra parece no dudar de que en
el reino de Mazda, como en los de aquí en la Tierra, conviene dar para obtener): «¿Qué
quieres y qué te complace? ¿Qué alabanzas y qué ofrecimientos te agradan? Habla, ¡oh
Mazda!, que tus siervos escuchan (dispuestos a complacerte); y dinos (de paso), en qué
consisten las benditas y esperadas recompensas que nos tienes preparadas.»
La primera de éstas (sueña Zarathustra y lo dice al empezar el canto siguiente), es la
salvación: «Salvación para el hombre, ¡sea el que sea!» (El hombre santo, claro está, que
sigue el Recto Orden de Mazda.) En este mismo canto (XXXIII), oímos, pues lo dice
repetidamente, que todo cuanto sabe sobre su Dios se lo enseñó personalmente Sraosha (la
Obediencia), que llegó hasta él como mensajera especial de Ahura. Pero si esto no pasaba de
una más de sus alucinaciones místicas, no que la lucha continuaba implacable. Y esto no
solamente fuera, por lo que se puede juzgar, sino en el alma misma del profeta, que inicia el
capítulo XLVI preguntando agustiado: «¿En qué tierra estableceré mi religión que aquí es
rechazada?» Lo que prueba no sólo que los que hubieran debido escucharle a causa de la
identidad de angus tias económicas, le hacían poco caso, sino algo no menos grave: que
todavía no había encontrado un protector fuerte.
Pero Ahura era liberal (gatha XLVII) y agradecido, y conmovido al fin ante las incesantes
súplicas y pruebas de admiración hacia él de su profeta, le deparó al fin, para que pudiera
enfrentarse con los poderosos Grehnia y Bandva, éste «su enemigo de ciempre», como vemos
en el gatha XLIX, amigos poderosos cuyos nombres cita también (gatha LI): Frashaostra y
Gamaspa, Hvogvas, y el «Kavi Vistaspa, el Spitama de Zarathustra», al que nombra en el
capítulo Lili. Con su ayuda pudo al fin no solamente oponerse a las injusticias y violencias que
tanto habían contribuido a hacerle profeta, sino sacar adelante la religión nacida por obra de
sus incontenibles impulsos místicos.
Por cierto, que ahora recuerdo haber escrito hace un momento «extravío religioso» a
propósito del de Zarathustra, lo que tal vez pudiera mover a algún lector a preguntarse por qué
hago tal afirmación. Si así fuese no tendría más remedio que contestar que precisamente otra
de las cosas que enseña la lectura de los Gathas es ésta: Que Zarathustra distaba mucho de
ser un hombre normal psicológicamente considerado. Y esto lo prueba claramente el tono de
estos cantos tan curiosos que se le atribuyen llenos de una fe más que exaltada, de un
misticismo ardiente pero hasta el punto, como vemos, de llevarle a hablar con Ahura Mazda y a
exponer, tras haberlo escuchado de su boca ¡no obstante estar convencido y repetir muchas
veces que es puro espíritu!, lo que le ha dicho; su tono, además, rendido y reverente hacia una
Divinidad fruto enteramente de su imaginación, tono, por otra parte, que ha servido de modelo
a cuantos posteriormente se han dirigido en condiciones parecidas a otras divinidades; mas la
verdadera manía de afirmar por afirmar y de prodigar alabanzas hijas de su antropomorfismo y
por él dictadas, a un Dios nacido de su cerebro que, ¿cómo no calificar a causa de todo ello de
extraviado? Todo esto es indudable desde el primer capítulo de los Gathas (XXIX del Yasna),
cuya sola lectura no puede menos de movernos a ver en el que lo ha escrito (y los demás
capítulos lo confirman), a uno de esos paranoicos geniales cuyas alucinaciones visuales y
auditivas fueron capaces de crear dioses y religiones y de arrastrar con el fuego de su verbo
extraviado y apocalíptico a los siempre dispuestos a escuchar y creer a cuantos les hablan con
esa certeza que sólo dan ciertos grados de demencia, de aquello que por la sola fuerza de la
inteligencia y de la razón, es decir, sin el concurso del fuego místico por un lado, y de la fe por