El Avesta.pdf

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acogotadores. Y aunque algunos soberanos fueron tolerantes, al-Mutawakkil (847-61) y sus
sucesores, bárbaros fanáticos coronados, de tal modo empezaron a perseguir a todos los que
no adoraban a su profeta, el antiguo camellero, que ciertos zoroastrianos prefirieron el destierro
a la abjuración (los antecesores de los actuales «parsis»), y escaparon a la India; otro pequeño
grupo de fieles a Zarathustra, los «guebres», consiguieron mantenerse en el Irán no obstante
las persecuciones, y allí siguen los que quedan de sus descendientes. Dicho esto, volvamos
con los Gathas.
***
Los Gathas tienen un doble interés. No sólo el muy grande ya de ponernos en contacto
con la primera religión «dualista», es decir, la primera, en orden de tiempo, de las grandes
religiones, y la que dio tipo y enseñanzas a las demás sentando firmemente la adoración a un
Dios bueno, justo y todopoderoso que se interesaba por los hombres de tal modo como para
recompensarlos o castigarlos por sus obras, sino, y aparte de esto, dándonos al mismo tiempo
ocasión para apreciar el poderoso genio y fenomenal extravío místico de uno de los más
importantes fundadores de religiones. Además, la ocasión de enterarnos, leyéndolos, de algo
de su vida, lo poco que se sabe de ella, así como del estado de la sociedad en que dicha vida
se desarrolló. Es decir, y en pocas palabras: cómo penurias económicas consecuencia de un
feroz estado de injusticia social, unos pocos, medrando a costa, una vez más, de cientos, de
miles de esclavos, eran causa de un estado de miseria e injusticia que sublevaron a
Zarathustra, hombre de espíritu poderoso y ardiente, impulsándole, movido por la propia
necesidad de ayuda que necesitaba para salir de sus apuros materiales y espirituales, primero
a imaginar un Dios bueno y justo, luego a llamarle en su ayuda, y finalmente y seguro de que
contaba con ella, a emprender la lucha que hizo de él no sólo un reformador religioso, sino
social.
Así, al comenzar el primer gatha (el XXIX), le vemos hacer que Kine (el alma del ganado,
es decir, el ganado que se adivina base de la vida de entonces), se dirija «invadida de ira y
llena de violencia y dominada por audaz insolencia y empuje arrebatador», a Ahura Mazda y a
su Justicia (Asha), en demanda de esto: de justicia; al punto, a Ahura Mazda preguntar a Asha
que por qué no la protege mejor; a Asha excusarse; y a Zarathustra intervenir para empezar a
suplicar, a demostrar su fe en el gran Dios, y a asegurar ya, que él ha sido el elegido, así como
los Ameshaspendas, para remediar la injusticia. Mas por desgracia (como dice la propia Kine),
lo que hace falta no es «un hombre débil y sin poder, sino un señor poderoso». Lo que ya
anuncia lo que van a ser los gathas: la voz de un hombre del pueblo, Zarathustra que,
indignado de la miseria e injusticia de que es objeto, y con él todos cuantos no tienen más
fuerza, a causa de no tener más riquezas, que él, dirigiéndose una y otra vez, lleno de fervor
místico a Ahura Mazda, tras imaginarle como hasta entonces nadie había imaginado a un dios,
pedirle ayuda, y seguro de ella y de su justicia, entablar una lucha desigual. Todos los gathas,
empezando por el que sigue (el XXVIII), no serán sino esto: súplicas al Todopoderoso en
demanda de ayuda contra los enemigos fuertes; «colma mis deseos, Señor, pues son justos»,
clama Zarathustra al final de este yasna. Y como para vencer, el profeta iranio necesita no sólo
que Ahura le proteja haciendo que venga en su ayuda un hombre poderoso, sino para que éste
acceda con más facilidad, tener a su lado otros que le sigan convencidos a su vez del poder y
grandeza de Mazda, por ello el que, en síntesis, el objeto de todos los cantos sea el mismo:
profesión de fe y adhesión al Dios tanto de él cuanto de los que le siguen; petición incesante de
ayuda, y promesa de que los «santos» no se apartarán del recto camino con objeto de ayudar
a su vez, a Ahura Mazda, a vencer a Angra Mainyús, el Demonio de la Mentira, enemigo así
como los daevas (demonios-dioses que están con él), del Dios bueno. Todo con objeto de que
éste pueda recobrar íntegramente «su Reino». «Seamos nosotros los que originemos esta gran
renovación», que dice Zarathustra al acabar el capítulo XXX.
