El Avesta.pdf

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palo con nueve nudos, en la que hay materias purificantes. Luego le pasa por tres veces la
orina consagrada, con la cual el que se purifica se frota el cuerpo. Al punto y por tres veces
también, un poco de arena con la que hace lo mismo, frotarse. Siguen tres aspersiones, esta
vez de agua, pero consagrada también. Acaba todo con un baño general y una oración final, la
llamada Sraosh baj.
Como Ahura Mazda declaraba, según el Vendidad, que prefería a aquel que tenía hijos al
que no los tenía, los nacimientos adqui rieron importancia y a causa de ello las ceremonias a
ellos relativas. El Avesta no habla de ritos a propósito del embarazo, pero sí el Sayast la
Sayast, que prescribe mantener un fuego encendido en la casa durante el curso de los nueve
meses. Y el Vendidad, que aconseja que el sitio escogido para el parto esté limpio, seco, y
nadie le frecuente. Después del parto, la madre evitará todo contacto con el fuego, el agua y
los utensilios rituales de la casa (baresmán), durante varios días; que serán doce si el niño ha
nacido muerto.
Las ceremonias nupciales tienen un ritual especial consistente en: 1.° Bendiciones
preliminares. 2° Cuestiones propuestas a los esposos y a los testigos. Unos y otros deben
consentir, de palabra, en la ceremonia que va a efectuarse. 3.° Alocución pronunciada por el
más anciano de los dos sacerdotes que ofician, el cual debe bendecir a los contrayentes
diciendo: «Pueda el Creador, el Señor omnisciente, concederos una posteridad, hijos y nietos,
bienes en abundancia con qué aprovisionaros, amor inmutable, fuerza corporal, y una larga
vida que dure ciento cincuenta años.»
Las ceremonias fúnebres, que no podían faltar como es natural, comprenden dos series o
partes: Las concernientes a las disposiciones que hay que tomar con los cadáveres, y las
relativas al alma. Como es principio capital del zoroastrismo que fuego, agua, aire y tierra sean
preservados de toda impureza, hay que procurar que los cadáveres impuros por excelencia, no
tengan contacto con estos elementos; y a causa de ello que los parsis ni quemen, ni entierren,
ni inmerjan los cadáveres en agua. Todo contacto con ésta se limita a lavar rápidamente el
cuerpo del muerto y a vestirle decentemente. Luego y al tiempo que se recita una oración, se
enrolla en torno al cuerpo muerto el kusti, hilo sagrado. Se cruzan las manos del difunto sobre
el pecho, y el cadáver es mostrado a un perro que tenga sobre los ojos dos manchas que
parezcan otros dos ojos (chathru chasma, «con cuatro ojos»), para saber si verdaderamente ha
muerto. Lo que ocurre si el animal le mira fijamente; si no le hace caso es que aún vive. Luego
se lleva a la cámara mortuoria un recipiente con fuego que es mantenido sin cesar con madera
de sándalo por un sacerdote que, sentado, recita continuamente oraciones hasta que llega el
momento de transportar el cadáver a la torre del silencio adonde es llevado en cualquier
instante menos de noche, puesto que es necesario que el cuerpo sea expuesto al Sol. El
cuerpo es conducido en un atúd (gaham) de hierro, por dos o cuatro transportadores
(nassasalars), según lo que pese. La madera, a causa de ser porosa, está rigurosamente
prohibida, pues podía transmitir los gérmenes de la enfermedad, de ser ésta infecciosa. Los
transportadores, mientras colocan el muerto en el ataúd, recitan la siguiente oración: «Obramos
de este modo de acuerdo con las órdenes de Ahura Mazda, y con las de los Amesha-Spenta,
con las del santo Sraosha, con las de los Adarbah Maraspend, y con las del Dastur de más
edad.» Luego guardan silencio hasta haber depositado el cuerpo en la torre. Sigue la
ceremonia llamada geh-sarna consistente en recitar oraciones, volver a mostrar de nuevo el
cadáver al perro y mirarle a la cara por última vez, los presentes, que al punto desfilan ante él
inclinándose con respeto. Seguidamente los transportadores tras haber cubierto la cara del
difunto con un pedazo de tela, le depositan en el ataúd valiéndose de unos pedazos de tela
también, hecho lo cual lo sacan fuera y se lo entregan a los encargados de llevar en hombros,
féretro y cuerpo, hasta la torre. Una vez llegado es puesto en el suelo, descubierta la cara del
muerto para que los que han formado el cortejo le miren por vez postrera, desde una distancia
