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cuando Tishtrya, por ejemplo, era venerado como Ahura Mazda, pronunciando debidamente
una oración en la que fuese nombrado, ello bastaba para procurar al que tal hacía la fuerza de
diez caballos, camellos, o bueyes, a su elección; así como procuraba el dominio de montañas y
de aguas navegables (Yasht, VIH, 24 y sig.). Claro que sin duda era muy difícil pronunciar una
oración en honor de Tishtrya debidamente, como hacía falta. De todas maneras esto hace
pensar en la palabra sacrificial védica, y lamentar que una religión que había salido de manos
de Zoroastro, viril y tan inclinada a lo honrado, a lo moral y a lo puro, cayese por obra de los
magos a los que, como a los mangoneadores de lo divino en todas partes, nada les detenía
con tal de beneficiarse, en un nivel tan bajo.
En todo caso, entre los espíritus tutelares en relación con los cuatro elementos (fuego,
agua, tierra y aire), Atar (el fuego), era especialmente estimado puesto que era Puthro Ahurahe
Mazdao, «el hijo de Ahura Mazda». Los principales términos que expresaban la idea arya de la
divinidad fueron sacados de la luz y del fuego. En sánscrito, el nombre genérico para significar
Dios es Deva, el brillante, de la raíz div, brillar, relumbrar. En sánscrito antiguo, lo que brillaba
era llamado también Atharvan, es decir, teniendo de Athar, el fuego. Esto parece demostrar que
el culto al fuego no era en modo alguno algo particular a los iranios, sino que su origen era
sumamente remoto. Lo mismo que sus hermanos védicos, los iranios hablaban del fuego
celebrando sus llamas que se elevaban muy alto, como un mensaje enviado desde la Tierra al
trono sublime de Ahura Mazda, y, naturalmente, adorando por la peana al santo, empezaron a
adorar también a Athar que era capaz de llegar tan arriba. Zarathustra, por su parte, menciona
a Athar en el sentido de chispa divina, chispa de esa divina llama que brilla en el corazón de
todo ser humano, más bien que considerándola como el más santo de los elementos
venerados en tanto que fuente de calor y de luz, de vida y de crecimiento. Si escogió a Athar
como símbolo exterior de su fe, fue porque siendo el más santo de los elementos, Athar
representaba al mismo tiempo la chispa divina. Con lo que restauraba no solamente la unidad
de Dios, sino también la forma del servicio divino que más antiguamente había carecterizado al
mundo ario, es decir, la adoración del fuego, símbolo de Dios (23).
Que los parsis actuales adoran el «fuego», sería difícil negarlo, al menos si por
«adoración» de un elemento sagrado se entiende que se le venere, que se le glorifique, que
ante él y en su presencia se pronuncien oraciones pidiendo su bendición y a su sombra toda
clase de bienes que se desean: salud, longevidad, fortuna y una descendencia virtuosa. Claro
que como el hacer todo ello no quiere decir que se tome al fuego como suprema deidad,
parece ser que a los sabios parsis no les agrada que se les suponga adoradores de una llama
y si tan sólo de Ahura Mazda a quien esta llama cuanto hace es representar y como constituir
su símbolo más puro y visible. No quieren, pues, que se llame a la religión de Zarathustra la
religión del fuego, puesto que de hacerlo lo mismo se podría decir de la religión de la India o de
la de otros países. Sin contar que además habría o se podría llamarles también adoradores del
Sol, puesto que así mismo se vuelven respetuosamente hacia él y elevan las manos en su
dirección cuando rezan; y, también, del agua, ya que ante fuentes, cursos de agua e incluso el
mar, se inclinan y pronuncian oraciones.
Escuchémosles, pues, y no fiándonos tan sólo de las apariencias, concedámosles crédito.
Tanto más cuanto que en los Gathas, atribuidos como sabemos al propio Zarathustra, éste
habla del fuego como de una brillante y poderosa creación de Ahura Mazda, e incluso ve en él
un símbolo de la divinidad, pero no prescribe que se le adore y sí tan sólo al Omnisciente. Y
otro tanto puede decirse del agua, no reconocida tampoco en los Gathas como divinidad. La fe
puramente monoteísta del profeta iranio no admitía sino un único Señor y Creador del
Universo, y, por consiguiente, ningún otro Dios fuera de él: «¡Oh Ahura Mazda! ¿Qué otro Dios
a no ser tú ha creado las aguas, los árboles y todos los elementos?» De modo que si en el
Avesta tardío vemos esto, no hay medio de negarlo tampoco, que al fuego y al agua (a ésta