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con fuerza para oponerse al mal y dominarle, único verdadero medio de agradar al Gran Dios.
En cambio Zarathustra no se oponía, precisamente porque sabía cuan fácil era pecar, ni al
arrepentimiento ni a la penitencia. La confesión de los pecados (patet), volvía meritorios los
pensamientos, las palabras y las acciones malas. En la religión del Estado, el celo en la
observación de los preceptos y prescripciones cultuales era vigorosamente estimulado
mediante el látigo. Pero esto no por prescripción de Zarathustra, sino de los magos, alteradores
de su religión que, como luego otros maestros, por desgracia, estimaban, sin duda, ellos, no
que la letra, pero sí la fe, se podía hacer entrar, en los que carecían de ella, a golpes.
Qué relación pudieron tener en un principio estos magos, estos sacerdotes iranios, con
Zarathustra, se ignora. Probablemente, es lo más seguro puesto que predicaban una doctrina
distinta de la suya, que tratasen de anularle. En todo caso, a su muerte, y ya sus ideas, con
muchos partidarios, se fingirían servidores de ellas, lo que no les impidió corromperlas, como
se sabe de una manera segura, hermanando el culto a Ahura Mazda con el de otras
divinidades a punto ya de ser olvidadas, e incluso acabando de ensuciarlas al asociar a sus
prácticas cultuales la «magia». Pero claro, cuanto más dioses, más ritual, y más engaño, si de
propina se sumaba la magia, más beneficios, que era lo que interesaba. En todo caso, en la
religión del profeta la oración por excelencia era, como ya hemos visto, el Ahuna Vairya o
Hanover, especie de padrenuestro zoroastriano, mediante el cual Spenta Mainyú desconcertó a
Agrá Mainyú al principio de la creación. Que en todo caso esta leyenda hizo escuela es
evidente puesto que luego hasta en el cristianismo la oración fue un medio eficacísimo, según
se aseguraba, para ahuyentar a los demonios. Tal vez al principio de la creación se inventó
también algún medio maravilloso, puesto que la educación estaba aún en pañales para
espantar al demonio más peligroso, la ignorancia, pero entre el fanatismo y la superstición
debieron de acabar con él. Y ya el campo libre, tropeles de dioses empezaron a correr por
todos partes.
En todo caso el Ahuna Vairya recitado con fe, era, al parecer, la llave más segura para
abrir la puerta del Cielo de Ahura Mazda. Por mejor decir, la puerta del primer Cielo, pues,
como ya hemos visto, las almas de los justos adonde primero llegaban era el paraíso del buen
pensamiento, tras él al de la buena palabra, luego al de la buena obra, y finalmente, meta
incomparable de tan provechaso viaje, a la mansión de las Luces que jamás se apagarán
(Yasht XXII, 7-15). Tal era la concepción del Cielo zoroastriano, mansión o estancia del
mejor pensamiento y de la mejor vida. La palabra persa moderna que designa cielo es behesht,
forma tardía de la palabra avéstica Vahishta, la cual, filológicamente, corresponde
perfectamente al inglés best, lo mejor. Aquellos discípulos de Zarathustra debían esforzarse por
ser, beh, bueno, hoy; behter, mejor, mañana, y behest, el mejor, pasado mañana. Tales eran los
grados que conducían a la mansión del buen Espíritu. Sé bueno, sé mejor en pensamientos,
palabras y actos, y te elevarás hasta el Cielo. He aquí en unas cuantas palabras, la filosofía
zoroastriana de la vida futura. Cielo e Infierno no eran en principio mansiones reservadas a las
almas de los muertos. Esto fue imaginado después cuando se pensó en una justicia
extraterrestre superior y reparadora de la deficiente de aquí. En un principio, el Cielo era
simplemente la vida mejor o el receptáculo del mejor estado mental; el Infierno equivalía a la
vida peor o al dominio del asimismo peor pensamiento.
Pero ya digo que luego todo se complicó por obra de los magosteólogos. Dioses nuevos
o antiguos remozados, cultos nuevos, una liturgia cada vez más complicada, pues lo de «a río
revuelto» daba excelentes resultados; y así, lo que con Zarathustra había sido una elevación
de sabiduría y buen sentido religioso y moral, esto sobre todo, se transformó en una montaña a
cuyo lado las más altas cumbres del cercano Himalaya, eran enanas. El terremoto de
Alexandros el Grande echó todo por tierra. En todo caso y en lo que a oraciones respecta,