El Avesta.pdf


Vista previa del archivo PDF el-avesta.pdf


Página 1...28 29 303132191

Vista previa de texto


protección. Aquellos a los que estos animales deben su alimento, su conservación y su
protección, no carecen ni de comida ni de vestidos. Al contrario, satisfechos y bien abrigados
están gracias a ellos» (Shayast la Shayast, XV, 8).
La caridad ya alabada, no consistía simplemente en aliviar la miseria y satisfacer las
necesidades materiales de aquellos que lo necesitaban, sino que había que llenar también sus
lagunas intelectuales, morales y espirituales. Los libros religiosos de los parsis insisten sobre el
deber de educar a todos los que necesiten de este socorro, de esta ayuda. Hacerlo constituía y
sigue constituyendo un acto particularmente meritorio. En el Vendidad (IV, 44) se lee: «A todos
aquellos correligionarios, hermanos o amigos que lleguen necesitados de conocimientos, que
sean instruidos mediante enseñanzas útiles y palabras afectuosas y santas.» Y en el Zamyad
Yasht (Lili): «Aquel que desee la luz del conocimiento desea los auxilios de un Athravan. Aquel
que desea la plenitud del conocimiento desea el don de un Athravan.»
Un Athravan era un maestro espiritual de los cuales Zarathustra era el tipo perfecto.
«¿Cuál es la más elevada de todas las acciones de los hombres?» He aquí la respuesta del
Dinkard: «Suministrar el conocimiento a aquellos que están en condiciones de recibirle.
Haciéndolo se adquiere la mayor santidad.» «No dejéis a vuestra mujer, a vuestros hijos, a
vuestros conciudadanos, ni permanezcáis vosotros mismos, privados de educación, con objeto
de que daños y miserias no os hieran y para que, si no lo hacéis, tengáis motivos de
arrepentimiento.» (Pand-Namah-i Adarbad Maraspend, XIV). «Por poco extenso que sea el
conocimiento dado por un hombre a los que no estaban calificados para recibirlo, el tal es más
digno de aprecio que otro que, por sabio que sea, no ha hecho a nadie participar de sus
conocimientos o que no ha asistido con ellos a personas que lo merecían» (Sikand-GomanikVijar).
Que Zarathustra ejerció una acción civilizadora en el pueblo iranio, con su obra (como
más tarde Mahoma con sus conciudadanos de Arabia), es indudable. Así como que buen
número de sus preceptos y de sus palabras no dejan de sorprender y admirar aún hoy. Y muy
cierto que su obra fue triple; es decir, no tan sólo religiosa, sino moral y político-social.
Religiosa, llegando al «monoteísmo» y colocando a la cabeza del nuevo panteón a un Dios
además de único, esenciamlente bueno y amante de la verdad y de la justicia. Socialmente,
animando a los criadores de ganado y a los agricultores a perseverar honradamente en sus
trabajos, asegurándoles que hacerlo era la mejor oración que podían dirigir a Ahura Mazda y lo
que más éste agradecía y recompensaría. Políticamente exhortándolos a la obediencia y
condenando la guerra (sólo tolerable en caso de absoluta necesidad), el robo, el bandidaje, el
vivir del merodeo, el maltratar al ganado y cuanto fuese contra la paz y tranquilidad de hombres
y animales domésticos y útiles. Su labor moral consistió en estimular todo lo bueno: las obras
humanitarias y civilizadoras y las instituciones familiares; y censurando y condenando por el
contrario la indolencia, el engaño, la crueldad y todo cuanto de un modo u otro representaba lo
malo, lo podrido, lo que tiende a morir y a descomponerse. Verdad y mentira, he aquí, ya lo
hemos visto, las palabras que sustancialmente comprendían lo moral y lo inmoral. En lo que
afectaba a las «mortificaciones» que tanta importancia tenían entonces en lo que concernía a
complacer a los dioses, como ocurría, por ejemplo, en la India donde había la creencia de que
a fuerza de ascetismo y mortificaciones se obtenían de la Divinidad los mayores privilegios
(idea, una de las predominantes en ese poema incomparable que es El Ramayana de Valmiki),
y como luego se creyó y aún sigue creyéndose en otras religiones, para Zoroastro carecían
enteramente de valor. Es más, eran no tan sólo inútiles, pues un dios inteligente, como Ahura
Mazda, jamás hubiera podido encontrar acertado que alguien, en la Tierra, en vez de trabajar y
ser útil a sí mismo y a los demás, perdiese el tiempo mortificando su cuerpo o pretendiendo
serle grato mediante oraciones, no solamente inútiles y perdidas apenas pronunciadas, sino
perjudiciales, puesto que contribuían a debilitar a aquellos que tanto convenía que contasen