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por lo menos de tres pasos, tras lo cual los nassasalars que le sacaron de la casa, colocan al
difunto en el lugar de la torre que le ha sido destinado, le quitan las ropas y allí le dejan tal cual
vino al Mundo: desnudo. En un par de horas, cuando más, las aves de presa no han dejado
sino los huesos, que son echados allí mismo a una fosa central (bandhar), destinada para ello,
donde poco a poco son reducidos a polvo, cal y fósforo, por los elementos. Los vestidos son
echados a otra, ésta fuera de la torre, donde el sol, el calor, el viento y la lluvia los destruye; en
Bombay se los deshace mediante ácido sulfúrico. Antiguamente los cadáveres eran llevados a
la cima de altas montañas, donde quedaban expuestos a la voracidad de perros, aves y otros
animales. En el Vendidad, Zarathustra pregunta a Ahura Mazda: «¡Oh santo Creador del
mundo material! ¿Adonde debemos llevar los cuerpos de los difuntos? ¡Oh Ahura Mazda!
¿Dónde debemos colocarlos?» Y Ahura Mazda responde: «¡Oh santo Zarathustra, al lugar más
elevado!» Y así se hacía. Hoy las torres del silencio son construcciones macizas todas de
piedra, suficientemente levantadas del suelo. Una puerta de hierro da paso a una plataforma
circular, horadada en su centro de modo a formar una cavidad igualmente redonda. El todo
tiene unos trescientos pies de circunferencia perfectamente solado con grandes losas
igualmente de piedra. A poca distancia de la torre hay otra más pequeña llamada sagri en la
que día y noche arde un fuego sagrado. En los poblados mofussil donde no es posible hacer
esto, una luz sustituye al fuego.
Lo relativo al alma, consiste esencialmente en oraciones en honor de diversas divinidades
que se suponen en relación con los muertos, y que son practicadas no tan sólo a la muerte sino
el cuarto, décimo y a los treinta dias del aniversario. Estas ceremonias llamadas Afringan-Baj,
llevan los nombres particulares de Dahúm, Siroz y Salroz. Pero la muerte no pone fin a las
relaciones entre el difunto y los miembros de su familia que le sobreviven, pues, según la
religión zoroastriana, el santo espíritu del muerto sigue interesándose por los vivos. Y como
que les sea favorable o adverso depende del modo como los vivos se comportan con él, éstos,
para complacerle, deben realizar actos buenos y caritativos: «Actos brillantes y piadosos, de
los que las almas de los difuntos hacen sus delicias», como se lee en Yama (Ha. XVI, 7). Pero
estas creencias, tan corrientes y extendidas en los pueblos antiguos (India, Grecia, Roma, etc.)
y aún en muchos modernos, tanto más cuanto más atrasados, tienen ya menos importancia
para nosotros. Ahora bien, hagamos notar la diferencia que hay, en favor de los parsis, entre
obrar bien para con ello satisfacer a los muertos, y llevarles alimentos y armas para que sigan
cazando en la otra vida, como hacían todos los demás pueblos antiguos, o flores, como se
hace hoy.
De todo lo dicho anteriormente parece que pueden deducirse las siguientes
consecuencias a propósito de Zarathustra y de su doctrina.
En lo que a él afecta, que fue el primero de los grandes extraviados mentales de tipo
religioso que llevado por un elevado antropomorfismo y suponiendo que en el Cielo, donde la
supuesta existencia de dioses y sus mansiones era ya cosa admitida como segura, tenía que
ocurrir como en la Tierra, en la que en cada grupo de hombres uno sobresalía sobre los demás,
los ordenaba y dirigía, imaginó el primer «monoteísmo» capitaneado por un Dios
esencialmente poderoso y bueno: Ahura Mazda.
Aun dejando a un lado la leyenda que, como siempre ocurre en casos semejantes,
forzosamente tenía que crearse en torno a la personalidad de Zarathustra, el tono de los
Gathas y el haber sido favorecido por su Dios con visiones y teofanías, fenómenos también
obligados en casos semejantes, autorizan a pensar en su extravío mental, tanto más extravío
cuanto más sublime. En cuanto a que fuese el primero conocido de este tipo, parece que
autoriza a decirlo lo siguiente: en lo que a Akenatón (Amenofis IV) afecta, éste cuanto hizo fue
cambiar el culto a Amón por el de Atón (el Sol), que con el nombre de Ra-Harakhtés había sido
ya adorado en Heliópolis (véase la religión de Egipto en el tomo I de mi Historia de las
religiones), con lo que llegó al monoteísmo de un modo lógico, por decirlo así, y sin que ello,