El Avesta.pdf


Vista previa del archivo PDF el-avesta.pdf


Página 1...18 19 202122191

Vista previa de texto


Antes del destierro, en Israel el alma de los muertos, como ahora se dice, el elemento
espiritual humano, el nefesh (soplo, hálito, aliento), lo aéreo del hombre, iba al cheol o she'ol,
lugar impreciso, sombrío, oscuro, donde permanecía sin pena ni gloria. Allí, como dice el texto
bíblico «se reunía a sus pueblos», expresión extraña de origen tribal, que indicaba que el
ánima libre ya de su envoltura carnal, ganaba el lugar al cual la habían precedido las ánimas de
todos sus antepasados y congéneres, donde en adelante participaría con ellos de una
existencia triste, aburrida, sin accidentes, sin brillo y sin fin. Cuanto se sabe del cheol, además
de esto, es que era un lugar sombrío, inerte, apagado, y que a él se descendía. Es decir, que
se le imaginaba bajo tierra, variedad de infierno en el sentido latino de lo que hay más abajo.
Pero nada en lo que a esta triste mansión afecta que encerrase ideas de recompensas o de
castigos. Lo más favorable que les podía ocurrir a las almas era descender en paz al cheol, si
no habían cometido actos reprobables, como vemos en 1 Reyes II, 6-9. Pero una vez allí, la
misma existencia inútil, monótona y triste para todos. Por el libro de Job se sabe también que
del cheol no se volvía: Lo mismo que la nube se desvanece y desaparece, así el que baja al
cheol de él no volverá a subir. Por el primer Isaías (XXXVIII, 18), que allí hasta Yahvé era
olvidado. Un salmo, el VI, 6 confirma aún esto: Nadie se acuerda de ti una vez muerto; ¿quién
te celebrará en el cheol? Y en el fclesiastés (IX, 10): En el cheol adonde vas no hay ni obra, ni
discursos, ni ciencia, ni sabiduría. Y era todo. Pero llega el destierro y el panorama cambia. Al
contacto con las ideas escatológicas iranias surgen nuevas perspectivas. En vez de aquel lugar
indiferente, triste y aburrido, nace una gehenne ya verdadero infierno, y como contrapartida,
cosa también desconocida antes, un paraíso, lugar de delicias. Veamos un poco estas palabras
a través de la lingüística, pues nada como ella informa sobre el origen y nacimiento de los
vocablos, o sea de su creación antes que el tiempo y los hombres les diesen la significación
con la que han llegado hasta nosotros. Y como las palabras son cuanto hay de real a propósito
de muchas cosas, de aquí el interés que ofrece conocerlas (19).
La palabra paraíso era irania, pairi o peri-daeza, y no significaba otra cosa sino jardín
cercado, recinto. Estamos, pues, muy lejos aún del sentido «jardín de delicias» que adquirió
después. Esta palabra no aparece en el Antiguo Testamento sino tres veces: en el Cantar de
los Cantares (IV, 13), en el Eclesiastés (II, 5) y en Nehemías (II, 8). Pero siempre con el simple
significado de jardín cerrado, de parque. Es decir, puramente material y laico. Lugares
semejantes en los grandes templos de Asia Menor recibían el nombre de témenos, palabra que
pasó al griego. La aparición, pues, de la palabra pardés en hebreo bíblico, indica un préstamo
más del léxico iranio al hebreo (20).
El jardín del Edén no era un paraíso, aunque así le solemos llamar. El Génesis le
denomina no pardés, sino gan, es decir, jardín, cosas distintas ambas de paraíso. La palabra
griega paradeisos de la que salió nuestro paraíso, no aparece sino en la Biblia llamada de los
Setenta, o sea, en la traducción griega, donde es empleada para significar ora jardín (gan), ora
pardés. Pero con el sentido de mansión celeste común a Dios y a sus fieles, no se encuentra
sino en textos apocalípticos cristianos, empezando por los Evangelios, puesto que la Buena
Nueva tiene como objeto principal anunciar que los tiempos se acercan y que la llegada o
venida del Reino es inminente.
En todo caso este término iranio paraíso, destinado estaba a tener prodigiosa aceptación
e incluso amplitud en el mundo judeocristiano, empezando por Ezequiel en cuyos capítulos
XXVIII y XXXI el jardín simplemente terrestre de antes, evoluciona ya francamente hacia
paraíso. El Yahvé que antaño «se paseaba por el jardín al fresco del día» (Génesis, III, 8)
cuando tan sólo era el Dios de aquel pueblo insignificante de judíos que además tan
frecuentemente le olvidaba, iba ya en Ezequiel camino de derribar a todos sus rivales los
dioses de los pueblos vecinos, a medida que gracias al ardor de los profetas adquiría
cualidades sublimes y perdía los defectos que hasta entonces había mostrado a través de los
relatos del Antiguo Testamento (batallador, vengativo, celoso de los demás dioses, ordenador
de matanzas con las que se complacía, etc.), e incluso perdiendo carnes, pues iba hacia