El Avesta.pdf

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sobre los pequeños siempre ha sido extraordinaria; no hay más que ver lo que hoy son para
nosotros, por ejemplo, los Estados Unidos, de donde todo lo que llegue es aceptado con
entusiasmo, desde palabras que están infestando nuestro idioma hasta esos negros y esas
negras que sin voz, hermosura ni gracia y sólo porque berrean en inglés y se retuercen en
neoyorkino gustan tanto); decía que en Judea, por hacer como en Babilonia, pronto hubo
también en lo que ahora nos ocupa, entre los seguidores de Yahvé y a su servicio, toda una
jerarquían de buenos espíritus; para perjudicarle, como Ahrimán a Ormuzd, otra de malos.
Naturalmente, aparecieron entre aquéllos los grandes ángeles encargados exactamente como
los Ameshas Spentas zoroastrianos de misiones particulares, a causa de estar investidos para
que pudiesen cumplirlas a satisfacción, de poderes particulares también. Con todo ello, el
progreso de la angeología judía, una vez nacido, no cesó. Así, unos trescientos años antes del
libro de Daniel, Zacarías estableció ya una clasificación entre las diversas variedades de
ángeles. Avanzando más (por qué no, puesto que nadie se lo impedía), Daniel distinguió a
varios espíritus archisuperiores señalándolos con nombres particulares con objeto de que
fuesen mejor conocidos. Así aparecieron, por ejemplo, los arcángeles Miguel y Gabriel, con
personalidad perfectamente definida, y que tan importantes misiones estarían encargados de
realizar posteriormente a lo largo no sólo de la leyenda teológica cristiana sino manómetana,
puesto que gracias a las conversaciones de Gabriel con Mahoma tenemos hoy el Corán. Pero
volvamos a la fuente de estas cosas tan importantes: los Ameshas Spentas zoroastrianos.
Los Ameshas Spentas, palabras que significan Inmortales benéficos, eran siete, los siete
siguientes:
Ahura Mazda = Ormuzd.
Vahu manah = el Buen Espíritu.
Asha vahishta = la Justicia perfecta.
Khshattra vairya = el buen Reino.
Spenta Armeti = la Piedad bienhechora.
Haurvatat = la «salvación».
Ameretat = la Inmortalidad.
A ellos era añadido: Sraosha = la (piadosa) Obediencia.
Naturalmente (sin duda para que siendo en un principio las fuerzas iguales el triunfo del
bien sobre el mal fuese más difícil y glorioso), a los siete ángeles jefes, de Vahu Manah a
Sraosha, se oponían otros tantos demonios principales cuyo nombre genérico avéstico no ha
llegado hasta nosotros, pero que en pehlevi son llamados Kamarikán. El nombre de estos
espíritus malos, enemigos directos cada uno de ellos de los siete buenos mencionados, son:
Aka Manah, Indra, Sorú, Nanhethya, Tauvi, Zerika y Aeshma.
De ellos Indra, como ya sabemos, pasó de ser en la India dios de primera clase, a
demonio en Persia. A primera vista parece un caso de mala suerte, pero si se considera mejor
la cuestión se ve que no, pues vale más ser algo importante en dos sitios que en uno sólo. Lo
que explica que tantos abrumados ya de distinciones a causa de sus muchos méritos, se
pongan tan contentos cuando son nombrados algo «honoris causa», por ejemplo, en otro sitio,
o les dan una cinta, una banda o una cruz que estiman mucho más, sólo porque «sale» en los
periódicos, que los metros de unas y docenas de otras, todas variadas, que podrían comprar
fácilmente en las tiendas donde se vende esta chatarra. Aka Manah o Aka Mainyú (la
transcripción de estos nombres del idioma original a otro es siempre un poco caprichosa y no
hay que dar a la cosa gran importancia), era el Mal Pensamiento. Sorú o Saurú no tiene sentido
claro, pero parece que era el demonio del Mal Gobierno, demonio que, por fortuna, hace
mucho que no viene por aquí. Taurvi y Zerika corresponden, etimológicamente, a las ideas de
potencia destructiva, de decadencia, de ruina, de cosa que se aja o se marchita. Aeshma
