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daeva fue la primera manifestación del Asmodeo judeo-cristiano. Había, además, otros daevas
o demonios secundarios, entre ellos los Khrafstra (nombre difícil de pronunciar sin lanzar
perdigones), de los Gathas, que han sido asemejados a los seres repulíanos de la Biblia. Estos
demonios secundarios, al revés que en sus descendientes judeo-cristianos que salvo el gran
jefe ninguno recibió nombre particular, ellos sí lo tuvieron. Recordemos a algunos: Tarometi, el
demonio de lo desmesurado; Mithaokhta vac, el demonio de la palabra embustera; Araska, el
mal Querer, los Celos, la Envidia; Vizaresha, el Tormento; Duzdoithra, el Mal de Ojo; Apaosha,
el demonio de la sequía; Vitaosha, el de los diluvios (entonces, como ahora, no siempre llovía a
gusto de todos; es más, los diluvios debían de ser frecuentes y de marca, cuando tantas
leyendas se han formado en muchos sitios a propósito de ellos); Vatodaeve, el demonio del
Viento Violento; y otros muchos más, pues para cada calamidad había uno; como un espíritu
bueno o santo, como aquí, para todo lo bueno o que convenía. Todo ello sin contar los
innumerables Drujs que encarnaban toda suerte de mentiras, engaños e ilusiones embusteras,
pues eran demonios hembras. En fin, los fravashis iranios eran los ángeles de la guarda,
dignos antecesores de sus congéneres cristianos, y que tal vez sin duda se descuidaban, como
aquí, obligando a sus mal custodiados o a reunirse con Ahura Mazda antes de tiempo, o a
deambular tullidos por el Mundo.
Total, que antes del destierro no había entre los judíos nada que tuviese el aspecto de una
angeología ni de una demonología organizada, como tampoco un Infierno propiamente dicho.
Nada de oposición de principio entre buenos y malos espíritus; nada de milicias celestes y
milicias infernales; ni ángeles ni diablos individualizados. Yhavé no tenía otros adversarios que
los dioses de las naciones enemigas de Israel y la cabezonería y terquedad de sus «hijos»,
aquellos ciudadanos del pueblo que había escogido, cuyas infidelidades a su fe tanto hacían
tronar a los profetas. Pero al volver los judíos del destierro todo cambió. Angeología y
demonología se organizan; ángeles y demonios se manifiestan como irreconciliables
adversarios, y la oposición entre Yahvé y Satán se precisa y crece sin cesar. Naturalmente, ello
ha permitido seguir perfectamente el nacimiento de todas estas fantasías y que,
consecuentemente, conozcamos mejor la historia de los demonios que la de muchos dioses;
así como todo cuanto para ir tapando huecos y atajando fallos se ha ido imaginando
posteriormente, como, por ejemplo, lo de la «caída» de los ángeles, caída que fue preciso
imaginar con objeto de poder explicar que frente a un Dios «infinitamente bueno, sabio y
todopoderoso», hubiese un ser capaz de oponerse a su voluntad y, por supuesto, que le
hubiese creado, pese a su omnisciencia, sin saber que no tardaría en levantarse contra él .
Se dirá que estas cosas ya nadie habla de ellas. Que pertenecen a ese fondo legendario
que siempre nace para ahorrar explicaciones más difíciles, necesarias para el ajuste de los
detalles en toda creencia. Cierto, pero recogiendo su historia se ayuda a este deseo de verdad
y de conocimiento, incontenible ya por todas partes. A causa de ello añadiré que esta «caída»
no apareció hasta un texto apocalíptico y tardío, además de apócrifo, en el libro de Enoch (VIXV). Ahora bien, gracias a este libro estamos perfectamente informados sobre la cuestión. Se
sabe que el jefe de los revoltosos celestiales se llamaba Azazel (antiguo dios mandaita) y que
cuando el comando, como ahora se dice, de revoltosos, fue reducido por obra de los ángeles
«buenos» mandados por Miguel, Gabriel, Uriel y Rafael, Azazel, vencido, fue condenado a un
lugar de suplicio que se encontraba entre las rocas de Beyt Khadudah, en las inmediaciones de
Terusalén. Luego, sin duda, Yahvé tuvo piedad de él y mandó que le soltasen.
Tampoco en la tradición religiosa israelita anterior al destierro había noción alguna que
pudiera hacer pensar en los dos banderines de enganche que, por obra del interés o del miedo,
tanto ayudarían a procurar adeptos a las religiones que se inspiraron en el mazdeísmo: me
refiero al Paraíso, al Infierno, y al lugar de expiación intermedio conocido con el nombre de
Purgatorio.
