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conocidos en todas las mitologías no podían faltar en la de los hebreos. Cierto que pocos
heroísmos hubiera habido semejantes a que «espíritus puros», enamorados, hiciesen a las
buenas mozas hijas de los hombres fardos de esos que ninguna hembra guapa o fea se
descarga de un modo normal sino nueve meses más tarde.
En cuanto a los Kerubím, antecesores inmediatos de nuestros querubines, eran la forma
plural de la palabra kerub (en asiriobabilónico kerubu), término empleado para designar no en
modo alguno ángeles o tenientes de ángel, puesto que por lo visto son de mayor categoría,
sino los vigorosos cuadrúpedos, con cabeza humana con mucha frecuencia, e incluso alas, que
los persas solían poner a modo de vigilantes o guardianes en las puertas de templos y
palacios. Los serafines por su parte, salieron de la palabra serafim, plural de saraf, palabra que
designaba ciertas serpientes que según se aseguraba tenían un veneno sumamente ardiente,
pues saraf, verbo, significaba quemar. Estas serpientes «angelizadas» nada tenían tampoco
que ver con los ángeles, y menos en el sentido que hoy se da a esta palabra. No me puedo
imaginar a ningún miembro de las actuales sociedades protectoras de animales, así sea el
número uno de los que practican el «respeto a todo ser viviente», acercándose a una serpiente
de cascabel, y menos a una pitón de quince metros, para decirle todo enternecido: ¡Ángel mío!
En lo que a Belcebú afecta, este barbián no era otra cosa con todo su rabo, sus
magníficos cuernos e incluso su tenedor infernal, que el Ba'al Zebub, el Señor de las moscas
de los Egronitas; es decir, un dios filisteo, pero no en modo alguno un diablo, a lo que llegó
después por obra de fantasías distintas a las que como dios le habían imaginado. Satán, por su
parte, apareció por primera vez en los textos bíblicos en el conocido episodio perfectamente
legendario de Balaam, con el papel de simple delegado de Yahvé que por orden de éste se
manifestaba al profeta como Satán, es decir, como impedimento, como obstáculo, en su
camino; obstáculo que el profeta no ve y sí tan sólo su burra. Luego tampoco era un diablo.
Hizo falta que de nuevo cayese sobre él la fantasía de otro creador de cuentos religiosos para
que se operase la metamorfosis.
En todo caso, la angeología propiamente dicha con sus «capitanes» y toda su jerarquía,
no aparece en el judaismo sino tras el destierro. Ahora bien, luego de imaginados y admitidos,
de acuerdo con los buenos espíritus del mazdeísmo, fueron destinados, una vez bien
organizados y ya en plena actividad, a estar en contacto permanente con la potencia divina de
la que, idea perfectamente antropocéntrica, eran y por lo visto siguen siendo, los fieles
servidores. Como contrapartida, los espíritus malos o diablos, lo son del Demonio, Satanás o
Lucifer (éste llegado a su vez a jefe de demonios de simple astro de la mañana) y de Ishtar,
antigua y gran divinidad de Asia Menor y prototipo de Afrodite. Por cierto que no todos en
Judea admitieron la novedad. Así, los medios saduceos partidarios y conservadores de la pura
tradición israelita, al ver lo que traían los que regresaban de Babilonia, llegaron ellos hasta
negar la existencia de los ángeles, no obstante lo cual y gracias, como digo, a su función
perfectamente lógica (puesto que lógico parecía que los grandes del Cielo tuviesen servidores
y mandatarios como los de la Tierra), la amable fantasía heredada del mazdeísmo prevaleció
pasando íntegra más tarde al cristianismo. En lo que al judaismo afecta, el «angelismo» siguió
triunfante, como vemos en la Haggada y en el Talmud, donde los ángeles son designados con
su antiguo nombre de mal'akh, es decir, delegados; también con el de eloiyim o superiores, los
de arriba, término que los oponía a los takhtiyim, es decir, los de abajo u ocupantes de las
regiones inferiores, a saber, los inferí, los infiernos; oposición siempre idéntica a la ya
mencionada relativa a la supuesta existente entre los buenos y los malos espíritus del
zoroastrismo. Y así, lo mismo que en éste, pronto hubo también entre los seguidores de Yahvé
y a su servicio, toda una jerarquía de buenos y de malos espíritus; a su servicio los buenos,
claro está; para perjudicarle, apartando de su camino a los hombres, los malos o demonios.
En Judea, para acercarse lo más posible a Babilonia (la influencia de los grandes Estados