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finalmente Ameretat (la Inmortalidad), todos los cuales le confirieron la tutela de los metales y
de las minas, la vigilancia de distritos y fronteras, más darle toda clase de indicaciones relativas
al uso de las aguas y la utilización y empleo de las plantas. En una palabra, cuanto un buen
jefe de tribu o de Estado podía necesitar para llevar a cabo su labor como tal jefe, de un modo
perfecto. El hecho de que el Avesta ofrezca todas estas visiones como ocurridas durante los
cinco meses de invierno, invita a suponer que esta época dura del año la empleaba Zarathustra
en meditar. La favorable, en la tantas veces inútil predicación.
Naturalmente, tanto tesón por su parte y tanta ayuda celestial no podían quedar
infecundas. Al fin, tras aquellos amargos diez años, durante los cuales cuanto consiguió fue
convencer a un primo suyo, a Metyomah (los primeros éxitos de Mahoma, como profeta, fueron
también con familiares), la fortuna empezó a sonreírle cuando Vishtaspa, el rey, se dignó
escucharle. Y era que sin duda Ahura Mazda acabaría por decirse que de no ayudarle un
poderoso todo sería vano, pues el terrible Angra Mainyú no le dejaría en paz. Y decidido a que
el Malo no ganase, se puso a protegerle de manera franca y abierta. Gracias a esta decisión,
cuando camino del palacio de Vishtaspa le salieron al paso «dos reyes infieles y tiránicos»,
bastó que Zarathustra elevase sus ojos al Cielo al tiempo que recitaba una plegaria, para que
el Puro, el Creador enviase un viento huracanado que respetando al profeta, levantó por los
aires a los que venían a cerrarle el paso. Y de propina envió contra ellos una gran cantidad de
pájaros «que con sus picos y sus garras arrancaron toda la carne de los perversos, no
deteniéndose hasta que los huesos, perfectamente mondados, cayeron por el suelo». ¿Qué
clase de pájaros serían? Se ha pensado en los buitres, pero estos volátiles no caen sino sobre
lo ya muerto. Tal vez pájarosmoscas, rabiosos, y por millones. En fin, el lector puede, o
imaginar los pájaros que quiera o pensar que el verdadero pájaro fue el que inventó esta
leyenda. Por supuesto de los pájaros, cuando se alian con dioses o héroes, pueden esperarse,
y se han afirmado, grandes cosas. Recordemos al águila que por ayudar a Zeus a que fuese
tan completo en amores como en todo, de un vuelo le subió al Olimpos al hermoso Ganimedes.
Y al buitre que por orden suya obligaba al hígado de Prometeus a trabajos forzados. Y a las
palomas que tirando del carro de Afrodite la transportaban donde ella quería. Y a las aves
arqueras del lago Stimfalos que obligaron a Herakles a uno de sus grandes trabajos. Y al ave
fénix, que renacía como ciertas esperanzas de los escritores españoles. Y a los pájaros Ababil
de la leyenda árabe. Incluso puesto que de aves se trata, a los gansos del Capitolio.
Volvamos a Ahura Mazda que dispuesto a proteger a su Profeta de un modo decidido y a
obrar como un dios de verdad, no escatimó ya con él los milagros y los hechos prodigiosos. De
tal modo que empezó por poner en manos de Zarathustra, al llegar éste a la corte del rey, un
cubo de fuego con el que el profeta, sin quemarse, se puso a hacer juegos malabares. Cuando
todos empezaban a reponerse de su asombro, los sacerdotes, sabios, como eran siempre los
sacerdotes antiguos, le propusieron treitita y tres cuestiones, tests que se dice ahora, que
Zarathustra resolvió, y ya se comprenderá que eran archipeliagudas, con la misma facilidad
con que muchos de los infinitos desocupados actuales, aficionados a los crucigramas,
resuelven éstos. Y de propina leyó al punto en voz alta los más secretos pensamientos, tanto
del rey como de los sacerdotes sabios, sabios sin sacerdocio, y demás, allí presentes. Todo
ello, y muy especialmente el interés por él del maravillado Vishtaspa, era más de lo que podían
soportar cortesanos y sacerdotes, tanto más cuanto que éstos se dieron cuenta al punto del
peligro que representaba para ellos y sus ollas que aquel profeta trajese una religión nueva y
distinta de la suya. Consecuencia, que sobornando al criado que el rey había puesto al servicio
de Zarathustra, escondieron en su habitación, con objeto de acusarle de brujería, falta
gravísima (cuando no eran los dioses a favor de milagros los que la realizaban, o sus
representantes en la Tierra), cabezas y colas de gatos y de perros, incitando luego al rey a que
mandase registrar la habitación. Ni que decir tiene que a un negro calabozo fue el pobre
profeta. Pero Ahura Mazda, arriba, lo veía todo, y al poco tiempo Hermosura Negra, el caballo