El Avesta.pdf

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según el profeta persa no se trataba de un simple dios, por importante que fuese, sino el dios
encarnación del Bien, destinado a triunfar sobre el Espíritu del Mal. Pero no el cuarto, lo de los
matrimonios, puesto que en el Irán era por entonces fuertemente aconsejado el que los
hombres se casasen con una de sus hermanas, con su madre e incluso con una de sus hijas.
Estas uniones incestuosas hoy prohibidas e incluso castigadas, luego, eran entonces no tan
sólo corrientes, sino, como digo, recomendadas en ciertos pueblos del próximo Oriente. Por
ejemplo, además de en Persia, en Egipto y en Palestina. Voy a poner unos ejemplos. En
Egipto, valiéndome de un faraón notable, muy notable, el ya mencionado Akhenatón. Cuando a
la muerte de su padre Amenofis III la esposa de éste, Tiy, se encargó de dirigir al hijo de
ambos, Akhenatón, apenas de diez años de edad, uno de sus primeros actos fue preparar su
matrimonio con dos mujeres con las que en modo alguno se le hubiera permitido unirse hoy.
con Tadukhipa, una de las viudas de su padre, y con Nefertiti, su propia hermana carnal. El
primer matrimonio del joven rey era entonces no tan sólo moral sino casi un acto obligado
puesto que obrando así, es decir, haciendo entrar en su harén a las viudas jóvenes del padre
muerto, el nuevo rey, haciéndolo, probaba ser digno sucesor del fallecido. Esta costumbre era
también frecuente entre los hebreos, pueblo en el que todo el que entraba en posesión en
virtud de unión matrimonial, con las viudas o concubinas de un rey o jefe muerto, adquiría con
ello cierto derecho al trono. Así, cuando Abner, «jefe del ejército de Saúl», tomó para él, a poco
de la muerte de éste, a su concubina Resfa, ello bastó para que «se fortificase» como posible
sucesor al trono.
La historia de David nos ofrece así mismo dos ejemplos de esta costumbre. David tenía
tal número de esposas y de concubinas, que el derecho a sucederle fue causa de una
verdadera lucha incluso antes que falleciese. Absalón trató de asegurarse el primero la
sucesión de su padre, viviendo con diez concubinas de éste «en la terraza de la casa..., ante
los ojos de todo Israel». Obró de este modo por consejo de Ajitofel, según se puede leer en 2
Samuel XVI, 23: «Consejo que daba Ajitofel era mirado como si fuera palabra de Yahvé», y «La
opinión de Ajitofel que solicitó en aquel momento fue como el oráculo de Dios.» Pero habiendo
muerto Absalón del modo pintoresco como se puede ver en 2 Samuel XVII y siguientes, quedó
el asunto de la sucesión entre Adonías y Salomón, éste menor en edad que su hermano «que
había nacido después de Absalón». Pero protegido por su madre Betsabé a quien escuchaba
mucho David, para que con su ayuda no triunfase, Adonías trató de aventajarle casándose con
Abisah, la sunamita, joven muy hermosa que habían buscado para que durmiese con David,
viejo ya, y le hiciese entrar en calor, como se lee en 1 Reyes I, 2. Ello le hubiera dado
preferencia para ocupar el trono, pero Salomón, advertido de la pretensión de su hermano
mayor por la propia Betsabé (zorra vieja que se había casado con David luego que éste, buena
pieza también, hizo asesinar a Urías, su primer marido), dio la primera prueba de su
«sabiduría» mandando a uno de los suyos, Banayas, hijo de Joyada, que asesinase a su
hermano Adonías. Por supuesto, esta costumbre de adquirir derechos a favor de matrimonios
que hoy serían juzgados imposibles, no era exclusiva ni de los persas, ni de los egipcios, ni de
los hebreos, sino de muchos pueblos antiguos. Frazer en su Ramo de Oro (Golden Bough, II,
XVIII) cita numerosos ejemplos. Pero volvamos a donde habíamos quedado, es decir, al
desaliento de Zarathustra al ver que nadie le hacía caso.
La leyenda habla de diez años terribles. Por fortuna durante ellos (sin duda los
desengaños y contrariedades debieron de acabar de trastornar su cerebro), tuvo otras seis
visiones celestiales que terminaron de convencerle de que el Cielo aprobaba sus propósitos y
se asociaba a su misión profética. Cada una de ests visiones-conferencias tuvo lugar con un
arcángel diferente, enviado hasta él por Ahura Mazda tras confiarles misiones especiales. Así,
el segundo en presentársele, Vohu Manah (la Benevolencia), le encargó que se ocupase con
todo interés de los animales útiles. El tercero Asha (la Rectitud), le encomendó con todo interés
el fuego. Luego fueron Kshathra (la Fuerza), Armaiti (la Piedad), Haurvatat (la Salud) y
